VUELVA USTED MAÑANA

VUELVA USTED MAÑANA
Luis Boullosa (Madrid, 1975) es escritor, periodista y músico. Ha colaborado con medios diversos como Ruta 66, El Confidencial, eldiario.es o Fiat Lux, y dirige la revista musical Karate Press. Es autor de los ensayos culturales "El puño y la letra" (2013) y "Santos y francotiradores" (2016), ambos publicados por 66RPM Edicions, en los que analiza la relación entre literatura y música en el mundo anglosajón y español. Contacto: luisboullosam@gmail.com. Twitter: @LuisBoullosa Foto: Alberto R. Roldán.

viernes, 29 de agosto de 2014

Torga y la playa (un apunte social)



Hay una situación relativamente habitual entre quienes han entregado su vida a su arte, o al menos toda la parte de la vida que han podido, entre aquellos que han antepuesto su expresión y su alma a los peajes necesarios del progreso social, despreciándolos; una situación que yo he encontrado mucho en el mundo de la música más o menos vanguardista, difícil o simplemente buena: aún sin éxito alguno y sin perspectivas de que éste llegue alguna vez, ya mayores para muchas vías de escape que hasta hace poco parecían a mano y cargando con las responsabilidades de la familia o la salud, se encuentran con que su propia integridad les juega una irónica mala pasada: querrían encontrar un hueco, un nicho en la sociedad -aunque fuera en sus márgenes, que probablemente sean el único medioambiente respirable para ellos- pero después de años de negarse a “venderse”, de negarse a mentir y de negarse a “colaborar” se encuentran con que ahora, aunque quisiesen, ya no hay nada que vender, o nadie que vaya a comprar. 

Han perdido sus oportunidades de ser un don nadie acomodado, lo que saben hacer no da un duro y el retorno al mundo de los pequeños oficios no era tan fácil como uno pensaba antes. Sin la suerte de alguna habilidad cercana a lo artístico (artesanía, tatuaje, sonido, etc) y sin dinero que entre por otras vías que la propia, su misma integridad les ha cerrado todas las puertas. Y aunque seguir en lo suyo no parece llevar más que al desastre, las demás opciones no son ya sólo intolerables, sino que empiezan a ser inexistentes.

Miguel Torga, uno de esos autores esenciales al que se lee poco, define la situación de manera perfecta en una entrada de su diario de 1953: “Mi situación humana me recuerda a la del tipo que se adentra nadando en el mar y se aleja tanto de la playa que no puede regresar. Una posición sin retirada posible. (Retirada, por otra parte, que yo no deseo). Lo he llevado todo al extremo. He estirado demasiado la cuerda. Y me estoy hundiendo, a sabiendas de que no puedo recibir ayuda, puesto que yo mismo la he rechazado”.

Hay una diferencia, claro: en el caso de Torga, su situación viene en parte de su origen humilde. “El nacer en la miseria, pero en una miseria de verdad”, dice, “crea en nuestra alma un vacío irremediable. Un vacío hecho de orgullo: el orgullo del pobre, el más duro y tenaz”. En el caso de nuestros artistas emparedados por su propia coherencia “punk”, por llamarla así, normalmente se trata de hombres criados en la clase media, esa que veía hasta hace poco la historia como un progreso local y permanente y que se ha dado de morros con la vida. Es peor así: a los criados en las comodidades, la miseria, que desconocemos, nos aterra, igual que la violencia física intimida al que nunca se ha partido la cara por diversión en el colegio.

En todo caso, venga de donde venga ese orgullo obstinado, la conclusión de Torga, creo, vale para ambos afluentes: “Y sintiendo que me ahogo minuto a minuto sigo cortando las olas adversas con un esfuerzo sin ilusión, aprobado por mi cuerpo y por mi espíritu. Es una especie de altivez de suicida que desdeña tanto a los que son felices en la seguridad de la playa como a la misma voracidad del abismo”.

El arte español de valía está creado en gran parte por esos poéticos –no por poéticos menos trágicos- suicidas. Quienes hablen de ellos dentro de algunas décadas quizá no se paren a pensar en todos los días en que conseguir la sopa fue jodido, en el precio de angustia pagado, o lo verán como un ornato romántico de la misma manera que nosotros leemos sobre las miserias de los artistas de antaño y no las sentimos más que como una excrecencia agradable de su misma literatura.

Sólo se ve la obra, jamás la vida. La compasión no existe ni siquiera en el futuro.

Quizá así esté bien.


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