VUELVA USTED MAÑANA

VUELVA USTED MAÑANA
Luis Boullosa (Madrid, 1975) es escritor, periodista y músico. Ha colaborado con medios diversos como Ruta 66, El Confidencial, eldiario.es o Fiat Lux, y dirige la revista musical Karate Press. Es autor de los ensayos culturales "El puño y la letra" (2013) y "Santos y francotiradores" (2016), ambos publicados por 66RPM Edicions, en los que analiza la relación entre literatura y música en el mundo anglosajón y español. Contacto: luisboullosam@gmail.com. Twitter: @LuisBoullosa Foto: Alberto R. Roldán.
Mostrando entradas con la etiqueta Michelet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michelet. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de septiembre de 2014

APAGONES (I) - La baraja invertida



“Desearía poder retirarme con los solitarios (de la isla de Caldey) en lugar de ser superior y tener que escribir libros. Pero no deseo conseguir aquello que deseo, por supuesto”. Cito de memoria a Chapman.

Ventajas envenenadas de la vida moderna, pienso: puede uno abrazar una cierta antigüedad y un cierto retiro sin abandonar las comodidades (más bien aumentándolas) y sin dejar de escribir y de publicar (o al menos de intentarlo). Tenemos una mascarada de eremita al alcance de la mano, una prueba, un taller, un campamento de verano. Todo en nuestra vida occidental ha sido un campamento de verano, en realidad, si hablo de mi generación y mi país;  incluida el hambre, la guerra y otros destellos que nos llegan, pensamos, de lejos. Deseamos que el campamento termine, claro, pero nos asusta la realidad que habrá fuera. Por suerte o por desgracia, a menudo esa realidad nunca llega y vivimos y morimos en este estado de prueba que algunos denominan ‘comfort’  y que, al cabo de unas décadas de embrutecimiento sofisticado, ya no hubiéramos sido capaces de abandonar. Morimos en embrión, en otras palabras. Un embrión que ha pensado mucho, eso sí, eso seguro, pero que se ha ido empapando de nostalgia hasta convertirse por inacción en una cosa obscena. Un bebé demasiado sabio. Un bebé rijoso y que supura almíbar, vestido ya de viejo, cernido ya de harapos.

Quietos, se nos ha proporcionado, sin embargo, una constante apariencia de movimiento. Los monitores del campamento se han `preocupado, con un celo que raya en el fanatismo, de enseñarnos las cosas más variadas y de mostrarnos los más curiosos paisajes. Y nosotros lo celebramos alborozados hasta que, demasiado tarde, una cierta duda empieza a permear la piedra, con los años; una duda turbia, desvaída, que se ha colado en la grieta que ha formado la lluvia y ha madurado expandiéndose, desagradable, inconforme. Es la sensación, incomodísima, de que nos han engañado y de que hemos perdido el tiempo, y la sensación, más desabrida aún, que va bajo su sombra, de que los principales culpables de la estafa somos nosotros mismos. Lo disfrazamos, por lo general, con todo tipo de aficiones y de excusas biológicas, porque la autocrítica sería devastadora. Si esta sociedad se mirase al espejo con ecuanimidad saltaría al mar en masa, como la pandilla de lemmings que es. Y apenas nadie ha aprendido a nadar. En el jardín de infancia de las maravillas eso no lo enseñaban.

Comienza entonces, cuando uno acepta esa duda, que es lo que uno debe hacer, un peregrinaje interno. Es el lentísimo derribo de los ídolos a los que hemos tomado más cariño que a nosotros mismos. Es el trabajoso reencuentro con el ser, al que encontramos, si lo encontramos, adocenado en todos los peajes que un día juramos no pagar, opiómano al fondo de un tugurio, envuelto en sus juguetes caros.

Es necesaria la acción para sacudirse las pulgas. E incluso la inacción es una acción si parte de una idea clara. Es necesaria pues, la idea clara. Pero la idea clara se dará de bruces con el mundo, que la repele, que no la quiere, que se asusta de ella. Un hombre que, esforzadamente, llega a una idea clara, encontrará que todo son impedimentos. Encontrará que ni su madre, ni su sangre, ni desde luego sus conciudadanos, desean que vaya y la ponga en práctica, porque una idea clara y una acción dejan en ridículo a todo el que nos rodea, igual que un hombre virtuoso y claro deja en ridículo a los fariseos, y es, por ello, odiado hasta la muerte.

Hay ejemplos escritos.

Hacer el bien, aunque sea hacerse el bien simplemente a uno mismo, es el acto de subversión inicial, aquí y ahora. No embalsamarse, cantar por la calle, ayudar al otro –aunque el otro te de internamente igual-, pensar un poco más allá del cepo: eso es una rebelión que ningún código castiga, pero que es reprimida con saña intramuros. Supongo que los que lo hayáis intentado lo sabréis.

Sigo leyendo “La Bruja”, ese libro prodigioso de Michelet, que habla de tantas cosas si se le deja, y se me ocurre que el Sabbath, la misa negra medieval, tal como la describe él, lejos de los clichés habituales, como una explosión subversiva comunal y liberadora, contiene, sin embargo, el error esencial que es causa del fracaso de muchas rebeliones: replica la forma de aquello que odia y combate. El Sabbath es una misa cristiana invertida, y por tanto muestra cuan a menudo el afán de liberación se encasquilla en el simple hecho de la subversión y por ello, incapaz de superar la forma, se pierde.

Liberación y subversión son cosas distintas, aunque puedan ir de la mano. Y la forma es esencial.

Tratamos de jugarle al enemigo con sus mismas cartas, y sólo conseguimos una baraja contraria con la que se acabarán haciendo las mismas trampas. Queremos mofarnos de él en su campo, y sólo conseguimos terminar siendo él, en lugar de ensayar una blitzkrieg que cambie las reglas del juego para siempre. En lugar de imponer nuestra ley.

Pero para imponer nuestra ley primero hace falta una visión clara de cual es nuestra ley. Primero hace falta la idea.

Michelet retrata con su inusitada delicadeza y penetración el núcleo de una rebelión que se construye en torno a la figura de la mujer-médico y en contra de las dos opresiones principales de los siglos XII y XIII, la feudal y la eclesiástica. Es un festín comunitario y en gran parte inocente que sólo ansía un reino donde el abuso haya desaparecido. Basta con echar un ojo a las imágenes que los supuestos satanistas de hoy invocan, a las pinturas, grabados o películas que se acercan al tema, para ver hasta qué punto los mismos que en cierto modo dicen defender tal rebelión han caído en ese maniqueísmo de la forma que termina por dar la razón al rival. Hombres oficiantes, mujeres expuestas, regusto sádico, curas corruptos. Nada, en el fondo, que se pueda reivindicar como primera piedra de una nueva sociedad. Sólo la mascarada del abuso contra el que se pretendía luchar y que ha acabado siendo la propia seña de identidad. Una inversión de la que no hemos tenido noticia, porque somos idiotas, y que haciendo que todo quede igual, nos convierte en cómplices y en torturadores. Nos convierte en el opresor.

En el mundo de la música “alternativa”, por ejemplo, ese error se ha dado de manera sistemática. ¡Hagamos nuestra propia casa de discos! ¡En lugar de ser una gorda marmota avariciosa será un cervatillo generoso! Y cuando nos damos cuenta somos el otro.

En este momento del día, mientras escribo, se va la luz. Es aún de mañana. Primero, me acomete el pánico al pensar que perderé todo lo escrito. Después, la resignación ante la doble evidencia: primero, que si es así, así será; segundo, que tampoco se pierde gran cosa, que todo se puede reescribir mejor, como sabrían, supongo, Lowry y otros grandes perdedores de documentos. Así que me dedico a esperar arrancando las plantas que han ido invadiendo la vereda que da a mi puerta y escribiendo, a mano en mi cuaderno, otros apuntes:

“Se me va la luz con cuatro páginas escritas que no sé si tendré ganas o fuerzas para escribir otra vez. La puta tecnologica en su esplendor.

El deseo de que una máquina haya hecho algo por ti. Un mal deseo, del que uno debe apartarse lo más posible.

La vida en el campo, ya que hablamos de Michelet. Los candiles y las palmatorias de toda mi infancia. Las horas muertas esperando, escuchando como los ruidos misteriosos recuperan el espacio y tratando de leer un libro bajo una luz vacilante, uno a solas consigo mismo. ¿Cuán a solas consigo mismo estaban los hombres y mujeres del siglo XII? Es normal que viesen cosas que no estaban, o que estaban –que están- y que nosotros ya no somos capaces de ver. Desde luego, la relación con el entorno sería radicalmente distinta: esa que yo y mi padre vivimos como atisbos y que generaciones no tan lejanas vivieron como estados semi-permanentes, o al menos estados que dominaban áreas completas de la vida. Siempre recuerdo a X, hombre de campo que no llega a los setenta, contando como de chavales iban hasta la verbena más cercana (una explanada con un acordeonista, quizá) a pie, atravesando el monte sin iluminación alguna, en la noche cerrada.

Y aunque no es un problema en apariencia grave, este de la luz momentánea, aún de día, cómo estorba, cómo nos retrotrae y cuánto nos dice de nuestra indefensión, de nuestra capacidad y de lo cerca que podemos estar – queramos o no- de ese otro ‘nosotros mismos’ al que ha cubierto la maleza de la civilización”.

Luego la luz regresa. Salvo dos páginas de documento.

Intento regresar a él, aunque las ideas ya se han mustiado un poco.

A menudo pienso que los cuadros que nos presentan algunos visionarios no son probablemente más (ni menos) que el atisbo de otra vida mejor. No sé si el matriarcado invocado y anhelado por Robert Graves existió en el pasado, o si sería posible o factible una vez desatados hasta tal punto de la tierra. No sé si la rebelión espontánea, comunal, inevitable e inocente que retrata Michelet sucedió así. Y sin embargo me parecen visiones válidas para un nuevo mundo. Visiones de unas revoluciones que no luchan con las mismas armas del opresor y por tanto, no se corrompen de inmediato, como pasa casi siempre. Cosmogonías alternativas que no ponen en primer lugar el poder sino la comunidad. Planteamientos que básicamente necesitarían, por desgracia, algo que cualquiera puede expresar con sencillez pero que difícilmente sucederá: que nos dejen en paz.

Quizá para empezar a probar sólo haga falta un apagón general.

Entiéndanlo metafóricamente si no se ven capaces de volver a arrancar plantas, a contar historias por las noches, a comunicarse por carta y a leer a la luz de un candil.


lunes, 25 de agosto de 2014

Pantano, jungla y chozas. Nacimiento de la mujer.



A veces, leyendo, encuentro ideas tan cercanamente opuestas entre sí que no tengo más remedio que parar un segundo y preguntarme, como ante una guerra civil inminente, de qué lado estoy.

Veamos un ejemplo. Dice Virginia Woolf en Una habitación propia: “Las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural. A falta de ese poder es posible que el mundo siguiera siendo pantano y jungla”.

Bien.

Dice Camille Paglia en Sexual Personae: “Ha sido la sociedad patriarcal la que me ha liberado como mujer. Es el capitalismo el que me ha dado el tiempo para sentarme a esta mesa a escribir este libro. Dejemos de ser mezquinas con los hombres y reconozcamos abiertamente los tesoros que su tendencia obsesiva ha dado a nuestra cultura (…) Si la civilización hubiera quedado en manos de mujeres, seguiríamos viviendo en chozas”.

Se podría argumentar que ambas partes, hombre y mujer, son necesarias para cualquier tipo de progreso. Suena tonto, como suelen sonar en tiempo de guerra las obviedades.

Se podría decir también que, pese a las apariencias, todo sigue siendo pantano, jungla y chozas. Suena pretencioso, aunque en la afirmación haya un relente de verdad.

Se podría decir, incluso, que en realidad ambas afirmaciones no son opuestas. Si aunamos con cuidado las dos sentencias, la frase que surge sería algo así: “sin la tendencia obsesiva del hombre y la unión de esta con la cualidad especular de la mujer, que le permite doblar su alzada, el mundo seguiría sin civilizar”.

En todo caso, sospecho que ante una colisión, tiendo a caer del lado de quien mejor escriba, que en este caso sería la Woolf. Tampoco soy inmune a los prestigios establecidos, y Virginia es una consagrada mientras que Paglia es una polemista a veces demasiado forzada, por mucho que sea yo de los que defienden que la provocación suele ser saludable. 

Paglia se sitúa en realidad en el lado opuesto del espectro al que ocupa Robert Graves y su defensa de un matriarcado pasado y posible; es decir, es la polemista inversa, la polemista que defiende que la visión oficial, ni siquiera enunciada, porque es la que la masa ha usado durante cientos de años, es la correcta. Esto es interesante desde varios puntos de vista: primero, porque explicita ese pensamiento general dominante que en realidad se ha ido desgastando y, sin dejar de ser dominante, nadie o casi nadie se atreve a expresar en público en un entorno cultivado. Segundo, porque quizá ese hacer explícito lo implícito puede hacer que quien comulga sin saberlo con sus ideas tenga que enfrentarse a ellas como tales, en lugar de aceptar una masa de convenciones dadas muy cómoda porque no hace falta pensar en ella. Como incitación al pensamiento de todas las partes implicadas, pues, su efecto es, creo, positivo. O quizá “debería ser positivo”, porque nada mejor que un polemista radical, antañón, reaccionario, violento pero también articulado, para demostrar lo encastrados que solemos estar en nuestras garitas de vigilancia y en nuestros salones vacíos, por progresistas que estos se supongan.

Por desgracia, Paglia no escribe bien.

Leo estos días un ejemplo contrario: La bruja, de Michelet, un libro asombroso tanto por su penetración en la psique colectiva de la edad media como por su modernidad (publicado a mediados del XIX), y asombroso también por la calidad de su prosa, que sobrevive a una traducción catastrófica brillando, preñada y lúcida. Uno de esos libros que por su cualidad híbrida –lejana novela, ensayo iluminado, reflexión político/histórica- lo atraviesan a uno sin atisbo de fingimiento, con cercanía, con una inusual calidez.

También él prefigura la preocupación de la Woolf por “la habitación propia”, y discute con un siglo y pico de antelación la afirmación de Paglia, cuando habla de la mujer del labrador, aislada en la cabaña del claro del bosque, en el siglo XII, en ese momento en el que una economía, aunque precaria, permite ya que la pareja se separe de la hacinada vida comunal de la heredad –trasunto oscuro de la villa romana- y se establezca espartanamente por su cuenta: “El hogar aislado creo a la verdadera familia. El nido creo al pájaro. A partir de aquí ya no existían como cosas, sino como almas. Había nacido la mujer. Fue un momento enternecedor. Ya está en su propio hogar. Por fin, la pobre criatura ya puede ser pura y santa. Puede dedicarse a pensar y, sola, hilando, sueña mientras su marido está en el bosque. Aquella miserable cabaña, húmeda, mal cerrada, en la que sopla el viento de invierno, en revancha, es silenciosa. Posee algunos rincones oscuros donde la mujer va a prolongar sus sueños”.

Prodigioso párrafo que teoriza sobre el nacimiento (renacimiento, deberíamos decir) de la mujer como algo más que mula de carga y sobre la necesidad del silencio y la soledad para la creación. Y la primera creación es la de la individualidad, la de la personalidad, que, en el caso de la mujer que dibuja Michelet, nace precisamente en esas “chozas” de las que también hablaba, en otro sentido, nuestra apreciada Camille.

Llegué hasta Michelet siguiendo un magistral ensayo sobre este mismo libro de Roland Barthes que se puede encontrar en “Ensayos Críticos” (Seix Barral), una colección de textos tan difíciles como fructíferos. No llegué pronto. En lugar de correr a la librería, muy en mi estilo esperé hasta que la marea lo trajo a mí mientras revisaba un cajón de saldos en una tiendecita de segunda mano de Pontevedra. El ejemplar que leo (ediciones Mundilibro) es, como digo, deficiente en la traducción, y es, además, la primera edición no censurada del libro de Michelet. Es decir: pasaron 115 años (de 1862 a 1977) desde su publicación en francés hasta que el lector en castellano tuvo por primera vez el libro más o menos íntegro en sus manos.

No es nada nuevo.

Hablaré más de todo esto, quizá.