Vivimos en el universo fragmentado, y en él somos felices -unos más, otros menos-, porque el hombre común siempre es feliz ante una promesa de desaparición indolora.
Muchos hombres, al menos, lo son.
Vivimos en la nota a
pie de página digital, en el comentario de nosotros mismos y la mirada momentánea al espejo deformado, repetida cien veces al minuto. Vivimos en la casa
donde el pago de los pecados se ejecuta en dinero virtual y a distancia, donde
cualquier opinión es válida porque todos escuchan y por tanto nadie escucha.
CS. Lewis escribió “The abolition of man”, un ingenioso y
prescindible, casi aberrante libro de instrucciones sobre cómo dejarse matar
feliz. Lo cerró diciendo esto: “Si ves a través de todo, entonces todo es
transparente. Pero un mundo completamente transparente es un mundo invisible.
Ver a través de todas las cosas es lo mismo que no ver”. Quizá con esa frase lucidísima que redime al libro hubiese bastado y sobrado. Y se agradece la advertencia, pero llega tarde.
Necesitaríamos contraste, misterio y tiempo, y no lo tenemos,
aunque lo recordamos. recordamos vagamente su esencia. No es que nadie en concreto nos haya robado ese
contraste, ese tiempo, ese misterio, en fin, que es esencial para que la vida
no carezca de sabor: nosotros mismos nos hemos amputado siguiendo sin poder
evitarlo el signo general de un tiempo que es el propio.
Vivimos en el intento de registro que justifica la falta de
registro. Vivimos alejados del largo aliento, y cuando lo hay, no se percibe,
porque ya se ha desaprendido, ya no se sabe qué es. Un libro de verdad. Oh. Lo
miramos intuyendo que lo necesitamos pero sin saber cuál es su verdadera
naturaleza, igual que miraría un bosquimano solitario a un Lap Top. O al revés, mejor dicho. Un hombre de verdad. Una mujer de verdad. Oh.
Vivimos en el intento de registro que se registra a sí mismo.
Con ser anotados en el haber nos damos por satisfechos. El “pudo ser” ha sustituido
al “es”. Todos podemos ser. Todos pudimos ser. Ninguno es, pero no importa. Ahí
estoy. Clica en mi perfil.
Vivimos en el mundo del comentario sin substancia. Si la
tiene, da igual, pasa, en ese eterno scroll que parece haber invertido el
sentido de la vida en una especie de ascensión, en una verticalidad quieta: es lo
otro lo que baja, es el todo lo que baja frente a nosotros, en la pantalla. Y
creemos flotar hacia la luz.
Nuestra literatura, lentamente, se ha ido plegando a la
fragmentación. O quizá, concedámoslo, fue ella la que predijo e impulsó la
fragmentación. Estuvo bien, durante un rato, cuando era un chascarrillo beat
para mejor contar el tumulto de la vida. Ya no estuvo tan bien cuando lo fue
invadiendo todo hasta tomar, al fin, nuestra propia médula. Últimamente he
tenido varios sueños que funcionaban por niveles, como un videojuego. Hace
tiempo que no me acerco a una playstation ni a otros engendros parecidos,
porque me fascinan tanto que podría ser absorbido y desaparecer para siempre, y
sin embargo ¡sueño por fases!
Soy hijo de mi tiempo, supongo; un hijo extraño pero acaso
habitual: criado en el XIX, liberado en el XX, condenado a vagar por el XXI. He
conocido los ocasos pintados y contados a la Chateubriand, los gustos
desmañadamente refinados, altivos y urgentes de la nobleza rural, la laxitud de
las tardes. He conocido la ruptura underground y drogadicta de un Madrid aún
analógico que va quedando lejos, y también el triste camino de la vocación en
un mundo sin puta idea de quién es. Improve your profile. Retweet.
A veces pienso lo mucho que hubieran disfrutado los existencialistas
originales, esos refinados creadores de infiernos con coartada; lo mucho que se
hubieran divertido en este glacial desierto del alma construido a gritos que no
se oyen.
Hace tiempo tuve una amante que leyó una entrevista que yo había
concedido. La única que se me había pedido jamás, en realidad. La entrevista
terminaba así: “Todo me sabe a ceniza”. La noté contrariada. “Yo no quiero
estar con alguien a quien todo le sabe a ceniza”, me dijo. La tranquilicé, le
dije que era un comentario sin ton ni son, pero lo cierto es que era cierto,
entonces. Este mundo está planeado así. Las cenizas no surgen siquiera de la
vida aniquilada, al viejo estilo. Son creadas al minuto, todo explota en torno,
en polvo, scrolling down into dust. No es que me disguste, pero tiene ese
sabor, querida, que quieres que te diga.
Quien conozca, por ejemplo, la sensación de vacío después de
varios días inmolados en algún buen videojuego, durmiendo poco, levantándose
con el ansia, encendiendo el cacharro antes incluso de poner el café al fuego;
quien sepa de ese vacío interior raspado a espátula que linda extrañamente con
un cierto placer autodestructivo, coincidirá conmigo en que no es tan distinto
de lo que sucede tras unos cuantos días de trabajo común atado a una pantalla,
actualizando al compás de los saltos de la mente las redes sociales de uno, los
supuestos anzuelos, las súplicas de amistad, los conocimientos sin cara aunque
con fotos variadas, sin cuerpo y sin olor. Hay un sinsabor paladeable al fondo
de todo ello, pero no deja de ser un sinsabor.
La pregunta de cómo devolver la sustancia a la vida es la
que importa.
Y la pregunta, primero, de si uno quiere hacerlo de verdad.
Si nada tangible sale del esfuerzo en el que nos vaciamos,
lo cierto es que nada queda. Y para los seres humanos, incluso los
divisionarios del Zen do it yourself, lo tangible es siempre lo mismo: Se toca.
Se puede tocar. No puedo tocar tu like, pero puedo beber tu saliva. No puedo tirar
por la ventana tu post: tú libro sí. Necesitaríamos contraste, misterio y
tiempo, y no lo tenemos, aunque lo recordamos.
Sospecho, sin embargo, que muchos no quieren lo tangible y
menos aún el misterio. Quieren otra cosa, y están en su derecho. Quieren la
nada. Por eso en internet está, poderoso, el deseo de abdicar de la vida,
permanente, a mano, adictivo, repetido como un chute. Es normal que enganche.
El deseo de que la estafa no hubiese existido nunca, floreciendo en imágenes playas
remotas a las que vamos una vez, como si eso fuera la vida; atardeceres lejos,
retocados en Instagram, y comida, mucha comida que sustituye a la comida.
Pero también hay, claro, insertos de la vida privada que
demuestran que hasta en ese ansia de nada somos mediocres, señoras
pequeñoburguesas pendientes de que incluso la aniquilación del alma sea standard
y decorosa para la época: es un voyeurismo de clase media, pacato, cegato. Es
una comida bajo los pinos en el merendero público de Gotham, con sus eructos y
su siesta empapada de vinachi. Falto de aliento, sí, carente de la mínima grandeza
o crueldad que nos separa del oso hormiguero. Es un suicidio, porque
desintegrando el misterio se desintegra la vida y cualquier posibilidad de
expansión. Pero es un suicidio triste y feo, y vulgar.
Un tiempo atrás bebía whisky con un amigo en el Malpa, un
bar de Madrid que frecuentábamos. Veníamos de algún triunfo que no recuerdo.
¿Qué habíamos conseguido? No lo sé, pero era uno de esos inusuales momentos de
satisfacción. “Ahora sólo me hace falta meterme en una pelea”, dijo él, mirándome con una sonrisa casi plena. Lo
decía en serio, un tipo que jamás se había pegado con nadie, y yo lo entiendo. Hay partes de la experiencia
que un hombre aún desea, a la contra de la amputación general de las pantallas.
Al menos un hombre que aún quiere ser un hombre al viejo estilo. En realidad,
desea la experiencia completa. El amor, el desamor, la lucha, la victoria, la
derrota, la construcción y la caída, la existencia y la desaparición. Y no la
quiere por delegación. La quiere en carne.
Por supuesto, hay otra parte del
hombre que le dice: “mejor no, que te parten la cara”, y entonces él no se mete
en la pelea, ni la busca, y se convierte en un ser pacífico que sólo sería
violento en caso de necesidad extrema. Pero añora esa pelea gratuita que jamás
sucederá.
Necesitaríamos contraste, misterio y tiempo, y no lo tenemos,
aunque lo recordamos. También acción. Es verdad.
Y las pocas recetas que hay para eso están fuera.
Aún debe haber algo, allí.
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