VUELVA USTED MAÑANA

VUELVA USTED MAÑANA
Luis Boullosa (Madrid, 1975) es escritor, periodista y músico. Ha colaborado con medios diversos como Ruta 66, El Confidencial, eldiario.es o Fiat Lux, y dirige la revista musical Karate Press. Es autor de los ensayos culturales "El puño y la letra" (2013) y "Santos y francotiradores" (2016), ambos publicados por 66RPM Edicions, en los que analiza la relación entre literatura y música en el mundo anglosajón y español. Contacto: luisboullosam@gmail.com. Twitter: @LuisBoullosa Foto: Alberto R. Roldán.
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miércoles, 3 de diciembre de 2014

SAQUEANDO TUMBAS: ORO Y CALIGRAFÍA







“Todo lo que no es tradición es plagio”, decía el otro.

A un amigo mío que sobrevive aún en el mundo de la música después de muchos años le gustaba citar esa frase. Si consideramos a la ópera bufa, la intertextualidad, el TNT y el don de lenguas como plagio, o como tradición, el aforismo es bastante ajustado. Si consideramos al buceo libre, la sátira amarga, la genealogía  experimental y el lento reconocer al padre frente al espejo como plagio, o como tradición, la frase es bien cierta. O si consideramos directamente el plagio como la primera de las tradiciones. O como el origen de las tradiciones. La idea atañe, en todo caso, a la esencia misma del arte, y en el caso del Rock&Roll el proceso de seguir el hilo es tan divertido como ambiguo.

Inyectado inevitablemente de música popular, aunque con un pie fuera del charco magmático original, el Rock&Roll conservó siempre una de las características esenciales de aquella música primera de la que surgía, mixto y aullante: la capacidad (la vocación) de copiar modelos preestablecidos incluyendo en  ellos pequeñas mutaciones. Fueron otros condicionantes los que le facilitaron una evolución rapidísima, pero fue ese el que permitió que acabase siendo una música tan rica como amplia en ecos, tan terrosa como tentacular, y que hoy (siempre en el entorno anglosajón, se entiende) una banda de vanguardia pueda tener, por ejemplo, un núcleo de blues tradicional sin que eso se vea como un lastre, sino más bien al contrario. Integración y uso.

Ese blues, o la canción europea, o el folk irlandés… toda la música “tradicional”, en realidad, ha funcionado siempre de esa manera pragmática y visionaria: el standard y la fórmula son fórmula y standard porque funcionan, luego, es no sólo lícito, sino útil y quizá necesario recogerlos y usarlos en nuestro beneficio. Cambiamos un verso, movemos un acorde, rompemos un par de huesos aquí y allá, lo firmamos a nuestro nombre y a correr. Nada que objetar por mi parte a este método de trabajo que permite llevarse consigo lo mejor de la historia y escupirlo con la necesaria furia de lo nuevo. Por supuesto hablamos siempre de los mejores. Los mejores saquean el oro. Los demás hacen cuadernos de caligrafía.

Fueron esos, los mejores (conocidos o no), los que incluso cuando la fiebre de la originalidad impregnó al Rock&Roll supieron seguirla con brío, reinventándose, pero sin olvidar el anclaje, la vastedad de la raíz. Y sin dejar de usarlo a su favor. La trilogía ácida de Dylan, por poner un ejemplo palmario y bien conocido, le debe tanto al don visionario de Zimmerman, a su retórica proto punk y a su radical giro eléctrico como, digamos, al Rythm and Blues, al folk, al country y a la Biblia. Fue inyectar calambre al joven muerto, a ese Lázaro del delta y de las planicies perdido en la américa moderna, lo que produjo el milagro. Si se intenta inyectar algo en lo nuevo, casi siempre se pincha en aire. Y recurrir a la Biblia es, convengamos en esto, pura tradición, aunque se haga para refutarla; aunque, como en ese arranque de “Highway 61” que me sigue fascinando, se pesque en Genesaret con dinamita:

Dios le dijo a Abraham: sacrifícame un hijo.
Abe dijo, “tío, debes estar de coña”
Dios dijo “no”
Abe dijo “¿Qué?”
Dios dijo: “puedes hacer lo que quieras, pero
La próxima vez que me veas venir será mejor que corras”
Abe dijo: “¿dónde quieres que se haga el sacrificio?”
Dios dijo. “Allá, en el autopista 61”

Por supuesto, lo que era revolución para la narrativa rock, un género que entonces despertaba, había ocurrido décadas antes en el mundo de la literatura avanzada. Dylan no hizo nada, en lo revolucionario, que no se hubiese hecho diez, treinta o cincuenta años antes en otros ámbitos literarios. Simplemente lo hizo con música, amplificado y, digamos, “para niños”, justo en el momento en el que esos “niños” habían tomado el poder o se habían convertido, al menos, en el público principal y el consumidor principal. Aun así, su capacidad para el collage posmoderno, la amalgama de iconos y la fragua de un nuevo eslabón del auto-mito americano era asombrosa. En el fondo del estallido de cualquier exabrupto rupturista, sospecho, hay siempre un icono que hasta mi abuela, incluso muerta, podría reconocer, por eso la bomba funciona. Dylan era catedrático en eso.

Collage. He escrito esa palabra y ahora la paladeo. Esa palabra me gusta: implica una libertad que hoy hemos perdido, inmersos no en la tradición o en el plagio, sino en el plagio de la tradición.

Considero que si perteneces a una línea de sangre, eres unitario pero libre. Pero si lo que haces es copiar esa línea de sangre, eres un fracaso desde el inicio y un ejemplo de que esa sangre no es tuya ni lo será jamás. La diferencia entre un hombre influido por un hombre y una banda de versiones es la que hay entre el destino y la patochada. Y una banda de versiones encubierta es ya una patochada infame. Entiéndase lo que digo (si se quiere): Precisamente porque creo en esa tradición y en ese plagio, en ambos, como parte del motor de combustión del arte, estoy perfectamente a favor de que la gente haga versiones, con lo que estas tienen de mutación, aprendizaje y ensayo. Me parece una parte de la educación formal y sentimental tan necesaria como amable. Ahora bien: Entre el que aprende a pintar con los clásicos y el que vive de vender eficaces acuarelas miméticas existe la distancia exacta que va del artista en ciernes al artesano grandilocuente. El segundo no me interesa porque no significa nada. Su posición es comercial y estática, y existe apenas como ente gracias a la peor de las lacras occidentales: la nostalgia de algo inexistente.

Curioso, dado todo esto, inevitable quizá, que algunas de las pequeñas iluminaciones que uno se encuentra en el camino vengan precisamente por la vía de la versión. Me compro el “Slow Dazzle” de John Cale para subsanar una de mis penosas lagunas históricas, y porque me gusta John Cale, y me encuentro allí con una versión de “Heartbreak Hotel” que, firmada en el 75, explica casi toda una carrera. Curiosamente la carrera que explica no es la de Cale, en cuya obra esa versión no es sino una excentricidad ocasional, pura marginalia. La obra que explica es la de Nick Cave.

Es este el momento en el que quienes no hayan escuchado el tema pueden darle al play en el video de youtube adjunto (no se oye muy allá, mejor, obvio, el disco), y quienes lo conozcan de sobra pueden pensar “de eso ya me di cuenta yo hace veinte años”. Lo cierto, en todo caso, es que un porcentaje muy, muy alto de lo que Cave ha hecho toda su vida, no ya musicalmente, sino en espíritu, está contenido en ese tema. En su oscuridad plástica, en su histeria subyacente, en su burla macabra, en su sintético aullido de profeta de neón, en su efectista grave de guía, en su tremendismo de salón.

Por supuesto ahora vienen las eternas disquisiciones y argumentos: “Uno puede llegar a un mismo punto diez años después que otro, sin haberse siquiera conocido y por caminos diversos, y bla, bla, bla…”. Yo me pongo la canción una y otra vez y pienso: “coño, John, parece que lo hubieses dejado aquí como un caramelo envenenado, cabrón”. Qué se trate de un tema de Elvis, no hace más que engrandecer el minúsculo cuadro, convirtiéndolo en una especie de viñeta mitológica Pop: Elvis, el Rey. Su cuarto mortuorio saqueado por un vanguardista burlón, en una tarde de resaca. Después el vanguardista burlón saqueado por un trascendentalista de palo que sobre una astilla en el pie de la cultura popular construye un edificio entero con ansias de palacio.

No estoy muy a buenas con Nick Cave, últimamente, y esto casi me ha matado el nervio. El australiano me parece un buen artista lastrado por su intento –algo estéril- de entrar en una tradición fingiendo que la fractura. Lastrado, también, por un ansia de ser un gran literato sin la cual le hubiese ido mejor. Aunque le ha ido de puta madre, supongo. Lo bastante, al menos, para permitirse su reciente película, una oda vacía a sí mismo en la que dice con voz ampulosa “Te contaré un secreto” para luego soltarte una ristra de lugares comunes. Una castaña egomaníaca de poco fuste, pobretona, entretenida apenas por los ratos en los que uno puede atisbar como el individuo hace aquello que realmente hace bien: conducir a hombres con más talento y menos ambición que él para crear discos cojonudos. Las mismas apariciones en el film de Blixa Bargeld, fugaz, apático, diciendo nada, y de Warren Ellis, entusiasta, curriqui, motivado, muestran los dos puntos de fuga que la amistad ofrece a ese dechado de ego que se desborda en el vacío: la sumisión utilitaria y sincera (Ellis) y el desprecio aristocrático de quien se cree superior, aunque acaso no tan reconocido (Blixa).

En resumen: por mucho que me guste Nick, gran parte de su propuesta está consignada, abierta y cerrada, en un tema de John Cale escrito cuando Cave comenzaba a balbucear y que no es sino una versión de Elvis. Eso no me hace odiar a Cave. Ni amar a Elvis. Simplemente, confirmo una vez más que determinadas visiones libres de la tradición dan lugar a nuevas ortodoxias; que a veces lo que se considera originalísimo tiene un pie en lo mimético; que las influencias son múltiples y bastantes veces ocultas o no declaradas y que la vanidad, al cabo, sobra  –aunque sea inevitable, humana- cuando uno navega por un río que parece cambiar siempre pero es también eternamente el mismo, el de las voces, el de los cuentos. Apunto, también, que hay vértices ocultos en toda esta ecuación mutante que une tradición, plagio y originalidad, y que es un trabajo entretenido descubrirlos y sentarse allí a observar, en esos picos extraños, subterráneos pero altos, muy altos. Sentarse junto a John Cale, que ya estaba allí, disfrazado de sombrerero loco, y contemplar como la cultura popular muta y evoluciona, y como unos cuantos gallos se ponen las medallas y otros, bastantes más, empujan la piedra que rueda trabajosamente cuesta arriba.

Recuerdo, por último, que en un disco de versiones de Cohen que siempre me ha sido muy querido por razones extramusicales, “Im your fan”, los dos números fuertes, los dos que sigo escuchando cuando lo reviso, eran precisamente de Cave y de Cale. Nick desguazaba “Tower of Song” en una gamberrada deliciosa. John, piano y voz, ejecutaba un “Hallelujah” estremecedor que dejaba al original tres cuerpos por detrás, comiendo polvo. Curiosamente, ese disco un poco absurdo fue mi puerta de entrada al trabajo en solitario de ambos artistas.

Una vez más, por la vía del plagio.


Y hacia el enfangado territorio de la tradición.


miércoles, 29 de octubre de 2014

FAMILIA (I)



Anda todo al mundo a vueltas con la corrupción, con el país, como siempre. Si nadie hubiese intentado arreglarlo en un principio, al país, quizá su estado no sería tan desastroso. Si nadie lo hubiese creado, sería aún mejor. Si nadie hubiese empezado nada, nunca. Y así, en un salto no excesivamente grácil, tambaleándome, paso de la enfangada política española a aquel momento en el  Jardín del Edén en el que se planteó el que fue nuestro primer problema y el que será probablemente  el último. Así funciona mi mente: tiendo al tiempo a la síntesis y a la ensoñación. Soy, al menos en eso, indudablemente masculino. Un poco más de capacidad de trabajo y sería un artista del siglo XX. Sin ella, me quedo en artista del XIX, pobre diablo del XXI, hombre blanco vagamente amenazado por los cuarenta con algo de oficio, poco beneficio y demasiadas preguntas.

En cuanto a la mente del país, de cualquier país, Baudelaire la definió con precisión: “Las naciones sólo tienen grandes hombres a pesar suyo, -como las familias. Ponen todo de su parte para no tenerlos. De este modo, el gran hombre necesita, para existir, poseer una fuerza de ataque superior  a la fuerza de resistencia desarrollada por millones de individuos”. El país y la familia: cuando se trata de la sana y metafórica tarea de matar al padre, eso es lo que hay, aunque raramente conseguimos más que rasguñarles la cara a esos entes, rara vez algo mejor que encharcarnos en discusiones estériles. La razón es sencilla:  creemos que podemos, en lugar de matar, cambiar, y ahí está todo nuestro fracaso, porque los países y las familias, en esencia, jamás cambian; su núcleo sigue siendo siempre saturnino, y su tarea primordial, quizá la única, es devorar a sus hijos. Saturno, por lo que a mí respecta, fue el primer conservador total. El primero que vio la (su) necesidad de “cambiarlo todo para que nada cambie”, esa que Lampedusa explicitaría más tarde en El gatopardo.

Un hombre libre no debería pertenecer a ningún país ni a ninguna familia, pero, y volvemos a Baudelaire, “los pueblos adoran la autoridad”, y los hijos, que en el fondo son un pueblo, la adoran igualmente. España, ese país cainita donde siempre acaba triunfando el bando del “vivan las cadenas” es especialista en esa adoración enfermiza, cobarde y funcionarial que justifica todas las sevicias. La autoridad es la excusa nacional, sin ella, pensamos, muy adentro, no sabríamos vivir. España es el orden en su forma de horror amorfo, cruel e ineficaz. Quizá es por todo esto que uno se siente extrañamente liberado, si es fuerte, si interiormente le queda algo de libertad, cuando mueren los padres. La muerte de los países, por lo que a mi respecta, es también motivo de celebración.

A este respecto, admiro profundamente la mentalidad pionera  de los anglosajones, que consideran al estado como un mal necesario, al que hay que estar recordando siempre sus límites so pena de ser absorbidos por él y desaparecer. El estado, como las religiones establecidas, tiende al todo. Visto en perspectiva cenital, el hombre parece un conjunto de elementos numerosos pero pequeños y mal organizados que intentan resistirse a esa totalidad con poco ímpetu. La mayor parte de las personas a quienes admiro por su pensamiento o su acción, son resistentes, teóricos o prácticos, da igual, pero resistentes convencidos.

El poeta Roger Wolfe, que tiene un poemario antiguo de hermosísimo título, “Días perdidos en los transportes públicos”, que algo tendrá de anglosajón  y que es también confeso admirador de Baudelaire, hablaba de todo esto, de la familia y el estado, en un texto de hace unos años que no he sido capaz de volver a encontrar en internet. Venía a decir, creo -resumiendo y quizá traicionando- que pese a todos sus horrores la familia es un organismo colectivo de defensa contra el estado. Uno de los pocos que funciona. Creo que tiene razón, pero el precio de la armadura es enormemente caro.

Intentando ahorrarse ese precio, la familia se ha intentado replicar a menudo de manera más libre o más moderna, casi siempre terminando en fracaso. A veces pienso en comunas hipotéticas y siempre me acaba por parecer posiblemente odiosa una reunión de tipos que se desprecian y cuya mala fe ni siquiera está contenida por la sangre. Porque es la sangre lo que contiene el odio que vive en la familia y la hace, parcialmente, eficaz. Por lo demás, es una institución tan tétrica como la policía política, que es, al cabo, lo que la mayor parte de las veces termina siendo. Como ente maligno, de hecho, está admirablemente diseñado, y por eso ha podido ser la célula madre de estado, iglesia y la mafia.

Pensarán ustedes que me pongo tremendista, que no es para tanto. Quizá tengan razón. Y quizá nada es para tanto. Yo mismo tengo una familia con la que me llevo bastante bien y a la que, hablando en términos comunes, debo bastantes cosas y no puedo acusar de nada. Para que este texto no parezca una simple rabieta macabra hay que olvidar los términos comunes, y el lazo de la sangre que nubla siempre la vista, y pensar en todo aquello que se nos ha obligado y se nos obliga a hacer constantemente, a la contra de nosotros mismos, desde el nacimiento hasta la muerte. Pensar quién y cómo lo hace, hasta descubrir la poca culpa que tienen en todo ello los ejecutantes concretos. Hay que ver detrás de la máscara y entender a la familia no como esos hermanos, padres, madres, abuelos y tíos más o menos simpáticos, generosos o francamente buenos; hay que entenderla como un vehículo sonda cósmico que muta su forma lentamente, un Hal 9000 que se resiste a morir, que se alimenta de nuestro tuétano y al que sólo y únicamente servimos de algo si funcionamos dentro de unos determinados parámetros, esos que llevan inevitablemente a la decisión más ciegamente animal del ser humano: la procreación.

No, la familia no quiere grandes hombres, ni librepensadores, ni desviaciones de ningún tipo que se separen un milímetro del canon. Visto en ese plano cósmico, o socio-evolutivo, si se prefiere, para la familia un filósofo y un pederasta son igualmente reprobables. La familia es Saturno. Por supuesto, para devorar hijos, hay que tenerlos.

Y pese a que comparto la reflexión de Wolfe sobre la utilidad de la agrupación familiar como organismo resistente, sé también que si nunca hubiese existido, jamás se habrían desarrollado los otros métodos de tortura citados anteriormente y que ella, en ocasional paradoja, nos ayuda a eludir.

La familia provoca nuestra muerte como entes diferenciados.

Es una suerte que eso, seres diferenciados, sea algo que poca gente aspira a ser.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

Cunqueiro y Ferrín (una aproximación)



En un  artículo sobre el Holandés Errante recogido en su “Fábulas y leyendas de la mar” Alvaro Cunqueiro toma del romántico Aloysious Bertrand –y transforma en prosa- el siguiente poema sobre Harlem (la ciudad holandesa, no el barrio neoyorquino): “Harlem, esta admirable fantasía que resume la escuela flamenca. Harlem pintada por Jean Breughel, Peeter Nef, David Tèniers y Pablo Rembrandt; y el canal donde el agua azul tiembla, y la iglesia donde el vitral de oro flamea, y el balcón de piedra donde se seca la ropa blanca al sol, y los tejados verdes de lúpulo; y la cigüeña que bate sus alas alrededor del reloj de la ciudad, tendiendo el cuello al aire y recibiendo en su pico las gotas de lluvia; y el inquieto burgomaestre que acaricia con la mano su doble papada, y la enamorada florista, que enflaquece contemplando un tulipán; y la gitana que ensueña tocando su mandolina, y el viejo que toca el pandero, y el niño que infla una vejiga; y los bebedores que fuman en el estrecho portal, y la sirvienta de la posada que cuelga de la ventana un faisán muerto”.

El párrafo, que hubiese podido ser  del mismo Cunqueiro (con él y con Borges, vampiros elegantes, siempre subyace esa impresión), usa una superposición de elementos típicos de un entorno burgués que ofrecen una quieta impresión de domesticidad, de seguridad, de paz social, de “costumbrista” viejo mundo donde las cosas son “como deben ser”. El resultado es romántico en el sentido, en efecto, más burgués del término: es la estilización poética de los supuestos logros de la burguesía, que mira al pico de la cigüeña, al paisaje calmosamente incendiado y a los borrachos de la tasca y lo ve todo ello transido de una luz propia, y piensa: todo esto lo he hecho yo, lo hemos hecho nosotros”. Un yo y un nosotros que no significan “la humanidad”, sino “los hombres de bien”.

Curiosamente, como cualquier estilización romántica, el párrafo no es una descripción, sino un deseo y una añoranza que se mezclan: “así, como Harlem me la presenta en este momento fugaz, debería ser la vida”, viene a decir, “y así fue alguna vez, en la niñez, o en los cuentos de mi padre, o en el tiempo en que el hombre habitaba el Jardín del Eden. Este Harlem me recuerda esa perfección que ya no está”. Para el burgués el Jardín del Eden es, en efecto, un lugar donde cada uno acepta su sitio con una socarrona tranquilidad casi zen; un lugar iluminado y al tiempo congelado. Por supuesto el burgués sabe que la realidad no es así: hay en ese Bertrand y en todo Cunqueiro un deseo y una nostalgia de algo que acaso nunca existió. Y quizá, sin embargo, también algo de verdad, ya que esa capacidad (o incapacidad) que permite mirar paisaje y gentes como quien observa complacido una construcción propia e ideal sí es en cierto modo un hallazgo burgués.

“(…) en los tiempos burgueses (es decir, clásicos y románticos)…” dice Barthes en algún lugar de su libro “El grado cero de la escritura”. Quizá habría que añadir que el romanticismo es siempre una nostalgia y que cuando lo es de un clasicismo de cuarta mano, es, sí, prototípicamente burguesa. Porque el burgués no consume ni en el mejor de los casos intuiciones, sino literatura aceptable, es decir, pastiche. Cunqueiro, que me gusta y mucho, es pese a ello un perfecto ejemplo de ese talante: bajo la apariencia de tratarlo, esquiva siempre lo grande, lo heroico, lo que pueda alterar la paz social, lo iracundo, lo tumultuoso, lo terrible o miserable, lo conflictivo, en suma. Su literatura es una foto fija que amalgama épocas en un elogio de la pasividad: todo en él es una refundición de taberna –deliciosa eso sí, con ese talante de señorito que gusta de bajar a los márgenes y se lo permite, ¿por qué no?- en la que esa luz de reconocimiento prestada del Harlem de Bertrand invade el cuadro e ilumina internamente a unos personajes populares que pasan a formar parte de eso, de un cuadro.

Cunqueiro ama a sus personajes y es condescendiente con ellos. Pero sólo los ama, precisamente, porque puede ser condescendiente con ellos. Por lo demás, los trata con ligereza como si en lugar de hombres fueran hermosos recortables, que es lo que al cabo son. Cunqueiro es un paraíso caprichosamente imaginado y tallado en la marginalia de un ideal antiguo régimen: añora un Edén que se le deshace entre las manos y cree reencontrarlo no ya en esos tipos populares a los que a menudo describe magistralmente, sino en su propia postura ante ellos.

Otro hombre, otro escritor, otra visión, trataría el mismo sustrato sin duda de otro modo, quizá opuesto, buscando, y por tanto encontrando, otras cosas.

Pongamos por ejemplo a Xosé Luis Méndez Ferrín, que viene de otras tierras pero también de la misma, en cierto modo. Quizá el Vigo que ambos vivieron los une, al de Mondoñedo y al de Ourense, no lo sé, pero por lo demás, todo es separación: los personajes de Ferrín, aflorando inevitablemente del mismo espejo, no pueden ser sin embargo más distintos a los de Cunqueiro. En él, esa desabrida oscuridad de ceniza que permea su obra maestra “Arrabaldo do norte” los cala a ellos también, hasta la médula. Donde en Cunqueiro había conformidad hay un descontento nuclear, una lluvia pesada y persistente de desastre. Donde había paz social hay guerra, aunque sea en la forma de la mueca de quien tiene una bota sobre el cuello. Donde había un cuadro capturado en el ambar de un kistch casi medieval, un pudibundo dibujo de la inmortalidad, hay ahora un deseo de movimiento castrado, un deseo de dignidad que se traduce en un grito inarticulado, un grito que proviene del núcleo mismo del miedo y de la ofensa. También una percepción de la degradación y de la perversión humana cuyo detalle y cuyo relieve Cunqueiro no hubiese tolerado.

Me es difícil -aunque necesario- hablar de Ferrín aquí porque siento que no he explorado su obra con la seriedad que probablemente requiere: me ha influido y me ha afectado, pero sin análisis organizado por mi parte. “Percival e outras historias”, “Arrabaldo do norte”, el incontestable volumen de cuentos que es “Arraianos”, “Retorno a Tagen Ata”, “Bretaña esmeraldina”, “Con pólvora e magnolias”... Todos esos ejemplos de un canon erizado, irregular, muy brillante en ocasiones, oscuro, político, que no elude el conflicto, los he leído con placer en épocas distintas en las que no pretendía yo más que entretenerme en el sentido más sencillo del término. Ahora siento que quizá les debo una relectura colectiva que me haga más perspicaz sobre su interior común.

En todo caso, y a riesgo de decir disparates, diré lo que pienso:

Cunqueiro es un costumbrista semi-panorámico -al estilo del Bertrand que se entrevé en el párrafo con el que abro este artículo-, y su “panorama” de lo popular está entretejido con anécdotas y es de calado periodístico y conversacional. Lo popular en Ferrín, a cambio, es político y existencialista. El orensano –no desdeñemos la influencia de Poe en la literatura gallega, aunque sea añadiéndole después a algunos franceses- es un ambientalista poético y existencial: gran parte de su idea misma es transmitida por la atmósfera difícilmente respirable que atenaza sus mejores obras, y esa atmósfera funciona con la misma eficacia que en Camus hubiese tenido una nítida pregunta. No está tan lejos, en eso, las tasca del arrabal del norte de la incierta casa de Usher: su “panorama” es una especie de implosión hacia un círculo del infierno personal; su "panorama" es el resultado catastrófico de una injusticia incomprensible y casi cósmica que, paradójicamente, funciona como metáfora de lo terreno y lo actual. 

El paisaje (entendamos la descripción de lo popular y lo social también como paisaje) es siempre en los grandes escritores un tono moral, y por tanto, en sí, una postura ética e inevitablemente política. El de Cunqueiro y el de Ferrín son diametralmente opuestos.

A veces, pocas, en libros imperfectos pero serios, como "Bretaña, Esmeraldina", Ferrín se me antoja también una especie de Stevenson arrasado y circular, que hubiese atravesado el infierno. Curioso que lo sienta así, porque en principio el de Edimburgo pareciera tener más contacto con Cunqueiro. Pero no. En Stevenson hay una disconformidad de fondo que, si se lee con cuidado, resuena en el interior de su prosa económica, elegante, casi perfecta y por tanto, engañosa. Esa disconformidad, que lleva al afán por la aventura, late poderosamente en Ferrín, mientras que Cunqueiro, por decirlo así, vive en casa, confortablemente. Su metafísica es de encaje, de broma culta. Sus defensores argumentarán que no le hace falta salir del cascarón para imaginar. Que al hombre no le hace falta mover un dedo para sufrir e interrogarse. No seré yo quien lo niegue.

Sea como sea, creemos saber cual es el deseo y la nostalgia que mueven a Cunqueiro. Pero, ¿cuáles son los que mueven a Ferrín?

Esa es una buena pregunta.


Hoy, en Vilanova de Cerveira (Portugal), es sábado y hay feria. A buen seguro ambos escritores verían este pueblo que ahora es el mío de manera muy distinta, y yo probablemente lo vea de un tercer modo. Mi amor por lo popular es distinto. Lo popular querido es en mí otra cosa, porque ha sido forjado en otros barrios, otras lecturas y otras épocas. Está, en mi caso, formado por puntos de resistencia; puntos que, como los de los pasatiempos, hay que unir si uno quiere conseguir la silueta de un pájaro o un dragón. Pero esa es otra historia. Yo soy un tercer hombre que hoy no importa.

Para escribir como Cunqueiro, además de un talento inusual y propio, se necesita ser presa profunda de una ilusión, o de varias. Presa de la nostalgia de un paraíso pasado que jamás fue. Es el mismo paraiso falaz que, con mucho menos tino y menos belleza, la burguesía construye siempre, desastrosamente, a contra de la historia.

Para escribir como Ferrín, además de otro talento probablemente comparable, que no igual, se necesita ser presa profunda de una ilusión, pero distinta. En su caso la nostalgia es, probablemente, de un futuro por lo demás igual de incierto que el pasado del otro, pero, como todo lo futuro, aparentemente posible mientras la realidad no nos explique lo contrario.

Cunqueiro es una rueda de Molino, cuyos cazos devuelven el agua, unos metros atrás, al mismo río. Un río y una rueda, y un molino, eso sí, hermosísimos. Ferrín es el agua de un embalse, su centro angustiado, profundo, oleaginoso, que se consume en el ansia de una libertad con la que, si le fuese concedida, acaso no sabría qué hacer.

Incluso en el gusto que comparten por una “materia de Bretaña” entendida en sentido laxo, o en su común talante referencial, ambos escriben separados por un foso insalvable que, en realidad, separa siglos, y que separa también el deseo de inacción del deseo de acción.

Los siglos aquí en Galicia tienen un correr extraño. Y lo de la acción y la inacción daría para unos cuantos libros.

Me quedo pensando en todo ello y en mi propia idea de Galicia, aquí, al borde del Miño, sentado en el único café que ha decidido no poner comida para los turistas (ese es un gesto inconsciente muy mío), y me pregunto si toda narrativa nace del deseo de un imposible. Quizá sea así. Si fueran posibles esos deseos acaso estaríamos ocupados realizándolos en lugar de cubrirlos con literatura; huyendo campo a través en lugar de escribir poemas en la pared de la celda. O quizá eso sea lo que hacemos.

Dice Juan Forn (a quien no he leído) en una reciente entrevista para Revista Paco, lo siguiente: "Lo que tiene la literatura es que a vos te pueden gustar con locura tipos que son completamente opuestos y que se odian entre sí o que se hubieran odiado, si se hubieran conocido. Sin embargo, los dos te nutren mucho y de hecho vos si sentís que ellos son tus maestros, creés que sos coherente con los dos".

No sé si Cunqueiro y ferrín se conocieron, supongo que sí. No sé si se odiaron o se quisieron. Ambos, en todo caso, me han "nutrido" y me han procurado largas tardes de placer, ayudando a afilar un poco mis ideas; y, por opuestos que sean, es cierto que creo que mi aprecio por ambos es coherente. Decidí hace tiempo no tener "maestros", pero les debo a cada cual lo suyo.

Quizá se lo pague, alguna vez.


Kniébolo y el perro herido - Número y moral



La gente dice “lo normal” y piensa en “lo bueno”, lo “moralmente adecuado”, aquello que te permite estar en paz contigo mismo de acuerdo con una ley superior a ti. Piensa en eso, pero en realidad se refiere a otra cosa. Se refiere a la seguridad y la comodidad de no distinguirse jamás, a cualquier precio.

La discusión es: ¿de dónde sale la ley moral? ¿Está inserta en nosotros o bien, como nuestro supuesto poder democrático, “emana del pueblo”?

Pongamos la siguiente situación. Nos encontramos un perro abandonado mientras caminamos por una calle de un pueblo desconocido. Está herido, cojea y parece perdido y confuso, a punto de ser atropellado por los coches que pasan, indiferentes. Tres de las infinitas opciones   serían:

1- Recogerlo, llevarlo a nuestra casa y cuidarlo. 

2- Pasar de largo. 

3- Recogerlo, llevarlo a nuestra casa, torturarlo y matarlo.

Según la concepción imperante, que considera que el concepto de normalidad “emana del pueblo”, “lo normal” es aquello que es más común numéricamente. En este caso, pues, sería, probablemente, pasar de largo. Sin embargo ese comportamiento es sólo el más común en este momento, lugar y situación social. Un cambio de paradigma podría hacer que lo más común fuese recogerlo y cuidarlo, pero también que lo más común fuese recogerlo, torturarlo y matarlo. En cualquiera de los tres casos, la actuación, amparada por el mayor número, sería considerada como “lo normal” y tendría carta blanca y refrendo social. Y se seguiría a rajatabla. Se argumentará que torturar y matar a un perro nunca podrá llegar a ser considerado lo bueno de manera colectiva, pero no veo por qué no iba a suceder con los perros si ha sucedido en numerosas ocasiones con los hombres, o con “tipos determinados” de seres humanos.

Según la concepción, en cambio, que considera que lo normal es “infligir el menor daño posible a cualquier criatura”, lo normal sería recogerlo y cuidarlo. No habría variación al respecto, por muchos cambios sociales que se dieran: el menor daño posible seguiría guiando a la misma respuesta: abandonarlo a su suerte en medio de la carretera o torturarlo y matarlo siempre serían peores opciones a ese respecto, excepto, quizá, si partiésemos de un nihilismo de raíz que considerase que morir es siempre mejor que vivir. En todo caso, fuese cual fuese la postura, esta permanecería fija en el hombre que la toma, independientemente de lo que su sociedad juzgase justo o injusto, aceptable o no.

Por supuesto esa actuación en conciencia no siempre tendría el refrendo de la masa social, que muy bien podría opinar coyunturalmente de otra manera. Uno podría acabar en la cárcel por socorrer a un perro cuando la costumbre o el “momento”  dijesen que lo correcto era torturarlo y matarlo. Incluso podría ser acusado de colaboracionista por pasar de largo.

Una moral que se asocia al concepto de lo que es “normal” y que asocia esa normalidad al número está condenada irremediablemente a una fluctuación aberrante y, en última instancia, al crimen.

Una moral que se asocia al concepto de lo que es “normal” y que asocia esa normalidad al número es sólo un disfraz de la comodidad y la cobardía social que pretende estar siempre con Goliath y su pandilla, los viejos abusones del patio, y que acaba, por omisión, convirtiendo esa pandilla en un ejército.

Son los condescendientes, los moralistas de la normalidad, también, los que en ese ejército adoptan los papeles más infamantes, los administradores, los funcionarios y los leguleyos, los Eichmann y compañía que ni siquiera han tenido nunca el coraje de amparar su crimen poniendo su vida por delante. ¿Es justificable su cobardía de contable? Creo que no. Si no hubiesen matado o dejado morir al primer perro, nunca hubiese acabado detrás de su siniestro mostrador. Si no hubiesen permitido, colaborando con ella, una moral del número, quizá ese mostrador jamás hubiese existido.

Curiosamente, Goliath, el ídolo de barro al que adoran bajo diversas formas, no comparte exactamente su “moral del número”, simplemente la utiliza. Un Kniébolo, digamos, poseía su ley moral a despecho de la masa, pero sabía que construida una dinámica de fuerza y grupo, la oveja se une sin chistar, y que la oveja es legión. Por supuesto su ley moral era una aberración y un cáncer, pero desde luego no acataba a la masa, sino que la usaba.

Sin esa moralidad de “lo normal numérico” y del miedo sistemático a la violencia y al problema, por pequeño que sea, Kniébolo no hubiese sido más que un pervertido solitario. Quizá hubiese torturado y matado al perro en secreto. Quizá hubiese sido un serial-killer de villorrio austríaco.

Nos hubiésemos ahorrado un puñado de millones de muertos.

O quizá otros hubiesen perpetrado su “papel”.

Todo son preguntas.

De hecho, reviso esto que he escrito y me digo que la frase “no acataba a la masa, sino que la usaba” podría estar del todo equivocada; que quizá Goliath/Kniébolo acataba en realidad un deseo subyacente y general de la masa, que execra todo aquello que considera marginal e indigno de su propio y pacato orden, de la misma manera que la mujer que tengo al lado en el café alarga cinco céntimos a la gitana, refunfuñando, harta de esa vida “tan fácil” de los pobres de solemnidad. Entre ella y el estado totalitario puro hay un paso. El breve pasito de alguien loco, comprometido hasta el fin, inteligente y manipulador.

Todo son preguntas, sí, y supongo que están contestadas en los manuales básicos de filosofía cuyo contenido recuerdo ya muy desvaído. En todo caso, fijar la propia visión a despecho de lo que digan los demás me parece siempre un buen punto de arranque para responder. Alude, creo, a una ley divina autoinstaurada, es decir, a una ley que considera que Dios, inexistente en cualquier otro modo o plano, habita en nosotros en forma de conciencia personal, y que esa conciencia personal no se atiene a ley humana alguna, si no que ES, de hecho, la única ley humana que hay. En mí, su único párrafo infranqueable es ese “haz el menor daño posible”.

Me ha traído innumerables problemas y sinsabores intentar seguirla. Os lo puedo demostrar.



martes, 9 de septiembre de 2014

APAGONES (I) - La baraja invertida



“Desearía poder retirarme con los solitarios (de la isla de Caldey) en lugar de ser superior y tener que escribir libros. Pero no deseo conseguir aquello que deseo, por supuesto”. Cito de memoria a Chapman.

Ventajas envenenadas de la vida moderna, pienso: puede uno abrazar una cierta antigüedad y un cierto retiro sin abandonar las comodidades (más bien aumentándolas) y sin dejar de escribir y de publicar (o al menos de intentarlo). Tenemos una mascarada de eremita al alcance de la mano, una prueba, un taller, un campamento de verano. Todo en nuestra vida occidental ha sido un campamento de verano, en realidad, si hablo de mi generación y mi país;  incluida el hambre, la guerra y otros destellos que nos llegan, pensamos, de lejos. Deseamos que el campamento termine, claro, pero nos asusta la realidad que habrá fuera. Por suerte o por desgracia, a menudo esa realidad nunca llega y vivimos y morimos en este estado de prueba que algunos denominan ‘comfort’  y que, al cabo de unas décadas de embrutecimiento sofisticado, ya no hubiéramos sido capaces de abandonar. Morimos en embrión, en otras palabras. Un embrión que ha pensado mucho, eso sí, eso seguro, pero que se ha ido empapando de nostalgia hasta convertirse por inacción en una cosa obscena. Un bebé demasiado sabio. Un bebé rijoso y que supura almíbar, vestido ya de viejo, cernido ya de harapos.

Quietos, se nos ha proporcionado, sin embargo, una constante apariencia de movimiento. Los monitores del campamento se han `preocupado, con un celo que raya en el fanatismo, de enseñarnos las cosas más variadas y de mostrarnos los más curiosos paisajes. Y nosotros lo celebramos alborozados hasta que, demasiado tarde, una cierta duda empieza a permear la piedra, con los años; una duda turbia, desvaída, que se ha colado en la grieta que ha formado la lluvia y ha madurado expandiéndose, desagradable, inconforme. Es la sensación, incomodísima, de que nos han engañado y de que hemos perdido el tiempo, y la sensación, más desabrida aún, que va bajo su sombra, de que los principales culpables de la estafa somos nosotros mismos. Lo disfrazamos, por lo general, con todo tipo de aficiones y de excusas biológicas, porque la autocrítica sería devastadora. Si esta sociedad se mirase al espejo con ecuanimidad saltaría al mar en masa, como la pandilla de lemmings que es. Y apenas nadie ha aprendido a nadar. En el jardín de infancia de las maravillas eso no lo enseñaban.

Comienza entonces, cuando uno acepta esa duda, que es lo que uno debe hacer, un peregrinaje interno. Es el lentísimo derribo de los ídolos a los que hemos tomado más cariño que a nosotros mismos. Es el trabajoso reencuentro con el ser, al que encontramos, si lo encontramos, adocenado en todos los peajes que un día juramos no pagar, opiómano al fondo de un tugurio, envuelto en sus juguetes caros.

Es necesaria la acción para sacudirse las pulgas. E incluso la inacción es una acción si parte de una idea clara. Es necesaria pues, la idea clara. Pero la idea clara se dará de bruces con el mundo, que la repele, que no la quiere, que se asusta de ella. Un hombre que, esforzadamente, llega a una idea clara, encontrará que todo son impedimentos. Encontrará que ni su madre, ni su sangre, ni desde luego sus conciudadanos, desean que vaya y la ponga en práctica, porque una idea clara y una acción dejan en ridículo a todo el que nos rodea, igual que un hombre virtuoso y claro deja en ridículo a los fariseos, y es, por ello, odiado hasta la muerte.

Hay ejemplos escritos.

Hacer el bien, aunque sea hacerse el bien simplemente a uno mismo, es el acto de subversión inicial, aquí y ahora. No embalsamarse, cantar por la calle, ayudar al otro –aunque el otro te de internamente igual-, pensar un poco más allá del cepo: eso es una rebelión que ningún código castiga, pero que es reprimida con saña intramuros. Supongo que los que lo hayáis intentado lo sabréis.

Sigo leyendo “La Bruja”, ese libro prodigioso de Michelet, que habla de tantas cosas si se le deja, y se me ocurre que el Sabbath, la misa negra medieval, tal como la describe él, lejos de los clichés habituales, como una explosión subversiva comunal y liberadora, contiene, sin embargo, el error esencial que es causa del fracaso de muchas rebeliones: replica la forma de aquello que odia y combate. El Sabbath es una misa cristiana invertida, y por tanto muestra cuan a menudo el afán de liberación se encasquilla en el simple hecho de la subversión y por ello, incapaz de superar la forma, se pierde.

Liberación y subversión son cosas distintas, aunque puedan ir de la mano. Y la forma es esencial.

Tratamos de jugarle al enemigo con sus mismas cartas, y sólo conseguimos una baraja contraria con la que se acabarán haciendo las mismas trampas. Queremos mofarnos de él en su campo, y sólo conseguimos terminar siendo él, en lugar de ensayar una blitzkrieg que cambie las reglas del juego para siempre. En lugar de imponer nuestra ley.

Pero para imponer nuestra ley primero hace falta una visión clara de cual es nuestra ley. Primero hace falta la idea.

Michelet retrata con su inusitada delicadeza y penetración el núcleo de una rebelión que se construye en torno a la figura de la mujer-médico y en contra de las dos opresiones principales de los siglos XII y XIII, la feudal y la eclesiástica. Es un festín comunitario y en gran parte inocente que sólo ansía un reino donde el abuso haya desaparecido. Basta con echar un ojo a las imágenes que los supuestos satanistas de hoy invocan, a las pinturas, grabados o películas que se acercan al tema, para ver hasta qué punto los mismos que en cierto modo dicen defender tal rebelión han caído en ese maniqueísmo de la forma que termina por dar la razón al rival. Hombres oficiantes, mujeres expuestas, regusto sádico, curas corruptos. Nada, en el fondo, que se pueda reivindicar como primera piedra de una nueva sociedad. Sólo la mascarada del abuso contra el que se pretendía luchar y que ha acabado siendo la propia seña de identidad. Una inversión de la que no hemos tenido noticia, porque somos idiotas, y que haciendo que todo quede igual, nos convierte en cómplices y en torturadores. Nos convierte en el opresor.

En el mundo de la música “alternativa”, por ejemplo, ese error se ha dado de manera sistemática. ¡Hagamos nuestra propia casa de discos! ¡En lugar de ser una gorda marmota avariciosa será un cervatillo generoso! Y cuando nos damos cuenta somos el otro.

En este momento del día, mientras escribo, se va la luz. Es aún de mañana. Primero, me acomete el pánico al pensar que perderé todo lo escrito. Después, la resignación ante la doble evidencia: primero, que si es así, así será; segundo, que tampoco se pierde gran cosa, que todo se puede reescribir mejor, como sabrían, supongo, Lowry y otros grandes perdedores de documentos. Así que me dedico a esperar arrancando las plantas que han ido invadiendo la vereda que da a mi puerta y escribiendo, a mano en mi cuaderno, otros apuntes:

“Se me va la luz con cuatro páginas escritas que no sé si tendré ganas o fuerzas para escribir otra vez. La puta tecnologica en su esplendor.

El deseo de que una máquina haya hecho algo por ti. Un mal deseo, del que uno debe apartarse lo más posible.

La vida en el campo, ya que hablamos de Michelet. Los candiles y las palmatorias de toda mi infancia. Las horas muertas esperando, escuchando como los ruidos misteriosos recuperan el espacio y tratando de leer un libro bajo una luz vacilante, uno a solas consigo mismo. ¿Cuán a solas consigo mismo estaban los hombres y mujeres del siglo XII? Es normal que viesen cosas que no estaban, o que estaban –que están- y que nosotros ya no somos capaces de ver. Desde luego, la relación con el entorno sería radicalmente distinta: esa que yo y mi padre vivimos como atisbos y que generaciones no tan lejanas vivieron como estados semi-permanentes, o al menos estados que dominaban áreas completas de la vida. Siempre recuerdo a X, hombre de campo que no llega a los setenta, contando como de chavales iban hasta la verbena más cercana (una explanada con un acordeonista, quizá) a pie, atravesando el monte sin iluminación alguna, en la noche cerrada.

Y aunque no es un problema en apariencia grave, este de la luz momentánea, aún de día, cómo estorba, cómo nos retrotrae y cuánto nos dice de nuestra indefensión, de nuestra capacidad y de lo cerca que podemos estar – queramos o no- de ese otro ‘nosotros mismos’ al que ha cubierto la maleza de la civilización”.

Luego la luz regresa. Salvo dos páginas de documento.

Intento regresar a él, aunque las ideas ya se han mustiado un poco.

A menudo pienso que los cuadros que nos presentan algunos visionarios no son probablemente más (ni menos) que el atisbo de otra vida mejor. No sé si el matriarcado invocado y anhelado por Robert Graves existió en el pasado, o si sería posible o factible una vez desatados hasta tal punto de la tierra. No sé si la rebelión espontánea, comunal, inevitable e inocente que retrata Michelet sucedió así. Y sin embargo me parecen visiones válidas para un nuevo mundo. Visiones de unas revoluciones que no luchan con las mismas armas del opresor y por tanto, no se corrompen de inmediato, como pasa casi siempre. Cosmogonías alternativas que no ponen en primer lugar el poder sino la comunidad. Planteamientos que básicamente necesitarían, por desgracia, algo que cualquiera puede expresar con sencillez pero que difícilmente sucederá: que nos dejen en paz.

Quizá para empezar a probar sólo haga falta un apagón general.

Entiéndanlo metafóricamente si no se ven capaces de volver a arrancar plantas, a contar historias por las noches, a comunicarse por carta y a leer a la luz de un candil.


jueves, 4 de septiembre de 2014

Los Cuantos - Cachorros subterráneos con médula de perro viejo



Uno de los casos más injustos que conozco de banda a la que no se hizo puto caso pese a ser enorme son LOS CUANTOS. Nacidos en Madrid en 2011, la formación misma era un seguro de que algo interesante se cocía, con Julen palacios (Malas Lenguas, La Familia Atávica) y el siempre excelente Javier Colis a las guitarras, Gloria March en los teclados, Adrián Ceballos (Rip KC, Malas lenguas) en la batería y Kim Warsen (Ginferno) como frontman.

A la carrera, sin respirar, grabaron en Montpellier su primer disco, “Love Love Love”, una factoría de hits oscuros pero radiables (en un mundo donde existiesen de verdad las radios musicales). Empapado de Tom Waits y Nick Cave en lo vocal, subterráneamente experimental en las tripas, cromado en la superficie, expresionista, fiero, tenaz, preclaro, aquel artefacto tenía exactamente todo lo que uno le pide al Rock&Roll: los estribillos, la fibra, el empuje, el fulgor y la confesión.

Cachorros subterráneos con médula de perro viejo, músicos casi todos en momento de madurez, lo que trasladaron al directo después de la grabación era portentoso, a despecho del tugurio en que les tocase hacer el pase. Yo les vi merendarse a Kid Congo y sus Pink Monkey Birds, para quienes abrían en la Nasti, sin mudar el gesto. Eran una banda de esas a la que no quieres de telonero ni borracho, y apuntaban con brutal seguridad a lo perfecto con aristas; al calambre controlado a distancia, pero natural; a esa gracia montaraz que uno le exige a los mejores y que sólo tienen los mejores, en efecto. Desbocados en el frente, con Warsen de rey lagarto posmoderno, anclados con absoluta seguridad en la retaguardia ritmica, en su núcleo, después de años en trabajo común en las Malas Lenguas, las guitarras de Colis y palacios, maestro y discípulo, brillaban, imbricadas entre sí con serpentina elegancia, creando un humus eléctrico sobre el que se eleva una fronda abigarrada y frutal que echaba chispas.

Sí, aquello echaba chispas.

Hubo algo de ruido en torno a ellos en los subterráneos, pero no fue suficiente, al parecer. Algo menos de dos años después salía el segundo trabajo, “Pechblenda” y, aunque parezca imposible, nadie lo editó. Ocupados en sabe dios qué naderías, en sabe dios qué mediocridades, los sellos de este país miraron hacia otro lado como el perro de la foto. Y digo que es incomprensible porque era otro disco soberbio. Más neumático, más  flotante y atmosférico en el arranque, algo más jazzy y lejanamente Kraut después, percusivo, elegante, más abstracto, si no superaba al primero en temas, lo igualaba por redondez y opiácea profundidad. Por otro lado, sin embargo, no me extraña nada la condena al ostracismo. Nunca hay que desdeñar la capacidad de este país para despreciar e ignorar el talento. Somos expertos en eso. Es lo nuestro.

Todas las virtudes que Madrid ha cultivado en los subterráneos durante décadas de bandas arriesgadas, inimitables, puras, estaban para mí en esos discos, condensadas y sintetizadas para escucha de cualquier mortal con sangre en las venas, aunque aún no plenamente desarrolladas: la elegancia oscura, la radicalidad de nervio no wave, el cubismo experimental, el blues siniestro más de espíritu que de forma. Todo ello estaba allí, diluido en la copa de vino, formulado con la naturalidad Rock&Roll del hijo pródigo que se juega lo que le queda a un último naipe brillante, antes de regresar a casa. Para no regresar a casa, en realidad.

Fueron, para mí, el estallido final del coágulo en la vena cava del rock madrileño más original y libre, esa que viene, caudal, desde aquel tiempo en que el mismo Colis sentó la primera piedra del canon con Demonios tus Ojos y otras barrabasadas suicidas. Para desgracia de todos, fue un estallido silencioso, en el centro mismo de una galaxia de indeferencia; una galaxia a cuyos habitantes se les llena la boca con palabras como “autenticidad”, pero que no son capaces de descubrir esa autenticidad cuando la tiene delante del morro. O quizá no quieren.

Los pongo, en mi mente,  junto a los Gallon Drunk, por ese cultivo del callejón en el que tangencialmente se tocan el rock standard y el malditismo elegante, ese vértice, esa rompiente. También junto a los Dim Stars de Richard Hell, otra superbanda de las calles poco iluminadas y los sótanos que duro apenas un suspiro y con la que comparten algunas influencias.

¿Hubo algo más que provocase un final tan sordo? No lo sé. Todos los implicados tenían otros proyectos al mismo tiempo, y además las dinámicas internas de una banda de músicos mayúsculos a la que no se hace caso son siempre complicadas, es de suponer.

Ahora queda peregrinar a un bandcamp más, en medio del hiperespacio.

Queda la música, a secas.

Escúchenla a buen volumen, háganse el  favor.

Por un momento, fueron la mejor banda de rock de este país.






miércoles, 3 de septiembre de 2014

Un hombre (I) - Scrolling down into dust




Vivimos en el universo fragmentado, y en él somos felices -unos más, otros menos-, porque el hombre común siempre es feliz ante una promesa de desaparición indolora.

Muchos hombres, al menos, lo son.

Vivimos en  la nota a pie de página digital, en el comentario de nosotros mismos y la mirada momentánea al espejo deformado, repetida cien veces al minuto. Vivimos en la casa donde el pago de los pecados se ejecuta en dinero virtual y a distancia, donde cualquier opinión es válida porque todos escuchan y por tanto nadie escucha.

CS. Lewis escribió “The abolition of man”, un ingenioso y prescindible, casi aberrante libro de instrucciones sobre cómo dejarse matar feliz. Lo cerró diciendo esto: “Si ves a través de todo, entonces todo es transparente. Pero un mundo completamente transparente es un mundo invisible. Ver a través de todas las cosas es lo mismo que no ver”. Quizá con esa frase lucidísima que redime al libro hubiese bastado y sobrado. Y se agradece la advertencia, pero llega tarde.

Necesitaríamos contraste, misterio y tiempo, y no lo tenemos, aunque lo recordamos. recordamos vagamente su esencia. No es que nadie en concreto nos haya robado ese contraste, ese tiempo, ese misterio, en fin, que es esencial para que la vida no carezca de sabor: nosotros mismos nos hemos amputado siguiendo sin poder evitarlo el signo general de un tiempo que es el propio.

Vivimos en el intento de registro que justifica la falta de registro. Vivimos alejados del largo aliento, y cuando lo hay, no se percibe, porque ya se ha desaprendido, ya no se sabe qué es. Un libro de verdad. Oh. Lo miramos intuyendo que lo necesitamos pero sin saber cuál es su verdadera naturaleza, igual que miraría un bosquimano solitario a un Lap Top. O al revés, mejor dicho. Un hombre de verdad. Una mujer de verdad. Oh.

Vivimos en el intento de registro que se registra a sí mismo. Con ser anotados en el haber nos damos por satisfechos. El “pudo ser” ha sustituido al “es”. Todos podemos ser. Todos pudimos ser. Ninguno es, pero no importa. Ahí estoy. Clica en mi perfil.

Vivimos en el mundo del comentario sin substancia. Si la tiene, da igual, pasa, en ese eterno scroll que parece haber invertido el sentido de la vida en una especie de ascensión, en una verticalidad quieta: es lo otro lo que baja, es el todo lo que baja frente a nosotros, en la pantalla. Y creemos flotar hacia la luz.

Nuestra literatura, lentamente, se ha ido plegando a la fragmentación. O quizá, concedámoslo, fue ella la que predijo e impulsó la fragmentación. Estuvo bien, durante un rato, cuando era un chascarrillo beat para mejor contar el tumulto de la vida. Ya no estuvo tan bien cuando lo fue invadiendo todo hasta tomar, al fin, nuestra propia médula. Últimamente he tenido varios sueños que funcionaban por niveles, como un videojuego. Hace tiempo que no me acerco a una playstation ni a otros engendros parecidos, porque me fascinan tanto que podría ser absorbido y desaparecer para siempre, y sin embargo ¡sueño por fases!

Soy hijo de mi tiempo, supongo; un hijo extraño pero acaso habitual: criado en el XIX, liberado en el XX, condenado a vagar por el XXI. He conocido los ocasos pintados y contados a la Chateubriand, los gustos desmañadamente refinados, altivos y urgentes de la nobleza rural, la laxitud de las tardes. He conocido la ruptura underground y drogadicta de un Madrid aún analógico que va quedando lejos, y también el triste camino de la vocación en un mundo sin puta idea de quién es. Improve your profile. Retweet.

A veces pienso lo mucho que hubieran disfrutado los existencialistas originales, esos refinados creadores de infiernos con coartada; lo mucho que se hubieran divertido en este glacial desierto del alma construido a gritos que no se oyen. 

Hace tiempo tuve una amante que leyó una entrevista que yo había concedido. La única que se me había pedido jamás, en realidad. La entrevista terminaba así: “Todo me sabe a ceniza”. La noté contrariada. “Yo no quiero estar con alguien a quien todo le sabe a ceniza”, me dijo. La tranquilicé, le dije que era un comentario sin ton ni son, pero lo cierto es que era cierto, entonces. Este mundo está planeado así. Las cenizas no surgen siquiera de la vida aniquilada, al viejo estilo. Son creadas al minuto, todo explota en torno, en polvo, scrolling down into dust. No es que me disguste, pero tiene ese sabor, querida, que quieres que te diga.

Quien conozca, por ejemplo, la sensación de vacío después de varios días inmolados en algún buen videojuego, durmiendo poco, levantándose con el ansia, encendiendo el cacharro antes incluso de poner el café al fuego; quien sepa de ese vacío interior raspado a espátula que linda extrañamente con un cierto placer autodestructivo, coincidirá conmigo en que no es tan distinto de lo que sucede tras unos cuantos días de trabajo común atado a una pantalla, actualizando al compás de los saltos de la mente las redes sociales de uno, los supuestos anzuelos, las súplicas de amistad, los conocimientos sin cara aunque con fotos variadas, sin cuerpo y sin olor. Hay un sinsabor paladeable al fondo de todo ello, pero no deja de ser un sinsabor.

La pregunta de cómo devolver la sustancia a la vida es la que importa.

Y la pregunta, primero, de si uno quiere hacerlo de verdad.

Si nada tangible sale del esfuerzo en el que nos vaciamos, lo cierto es que nada queda. Y para los seres humanos, incluso los divisionarios del Zen do it yourself, lo tangible es siempre lo mismo: Se toca. Se puede tocar. No puedo tocar tu like, pero puedo beber tu saliva. No puedo tirar por la ventana tu post: tú libro sí. Necesitaríamos contraste, misterio y tiempo, y no lo tenemos, aunque lo recordamos.

Sospecho, sin embargo, que muchos no quieren lo tangible y menos aún el misterio. Quieren otra cosa, y están en su derecho. Quieren la nada. Por eso en internet está, poderoso, el deseo de abdicar de la vida, permanente, a mano, adictivo, repetido como un chute. Es normal que enganche. El deseo de que la estafa no hubiese existido nunca, floreciendo en imágenes playas remotas a las que vamos una vez, como si eso fuera la vida; atardeceres lejos, retocados en Instagram, y comida, mucha comida que sustituye a la comida.

Pero también hay, claro, insertos de la vida privada que demuestran que hasta en ese ansia de nada somos mediocres, señoras pequeñoburguesas pendientes de que incluso la aniquilación del alma sea standard y decorosa para la época: es un voyeurismo de clase media, pacato, cegato. Es una comida bajo los pinos en el merendero público de Gotham, con sus eructos y su siesta empapada de vinachi. Falto de aliento, sí, carente de la mínima grandeza o crueldad que nos separa del oso hormiguero. Es un suicidio, porque desintegrando el misterio se desintegra la vida y cualquier posibilidad de expansión. Pero es un suicidio triste y feo, y vulgar.

Un tiempo atrás bebía whisky con un amigo en el Malpa, un bar de Madrid que frecuentábamos. Veníamos de algún triunfo que no recuerdo. ¿Qué habíamos conseguido? No lo sé, pero era uno de esos inusuales momentos de satisfacción. “Ahora sólo me hace falta meterme en una pelea”, dijo él, mirándome con una sonrisa casi plena. Lo decía en serio, un tipo que jamás se había pegado con nadie, y yo lo entiendo. Hay partes de la experiencia que un hombre aún desea, a la contra de la amputación general de las pantallas. Al menos un hombre que aún quiere ser un hombre al viejo estilo. En realidad, desea la experiencia completa. El amor, el desamor, la lucha, la victoria, la derrota, la construcción y la caída, la existencia y la desaparición. Y no la quiere por delegación. La quiere en carne. 

Por supuesto, hay otra parte del hombre que le dice: “mejor no, que te parten la cara”, y entonces él no se mete en la pelea, ni la busca, y se convierte en un ser pacífico que sólo sería violento en caso de necesidad extrema. Pero añora esa pelea gratuita que jamás sucederá.

Necesitaríamos contraste, misterio y tiempo, y no lo tenemos, aunque lo recordamos. También acción. Es verdad.

Y las pocas recetas que hay para eso están fuera.

Aún debe haber algo, allí.


viernes, 29 de agosto de 2014

Torga y la playa (un apunte social)



Hay una situación relativamente habitual entre quienes han entregado su vida a su arte, o al menos toda la parte de la vida que han podido, entre aquellos que han antepuesto su expresión y su alma a los peajes necesarios del progreso social, despreciándolos; una situación que yo he encontrado mucho en el mundo de la música más o menos vanguardista, difícil o simplemente buena: aún sin éxito alguno y sin perspectivas de que éste llegue alguna vez, ya mayores para muchas vías de escape que hasta hace poco parecían a mano y cargando con las responsabilidades de la familia o la salud, se encuentran con que su propia integridad les juega una irónica mala pasada: querrían encontrar un hueco, un nicho en la sociedad -aunque fuera en sus márgenes, que probablemente sean el único medioambiente respirable para ellos- pero después de años de negarse a “venderse”, de negarse a mentir y de negarse a “colaborar” se encuentran con que ahora, aunque quisiesen, ya no hay nada que vender, o nadie que vaya a comprar. 

Han perdido sus oportunidades de ser un don nadie acomodado, lo que saben hacer no da un duro y el retorno al mundo de los pequeños oficios no era tan fácil como uno pensaba antes. Sin la suerte de alguna habilidad cercana a lo artístico (artesanía, tatuaje, sonido, etc) y sin dinero que entre por otras vías que la propia, su misma integridad les ha cerrado todas las puertas. Y aunque seguir en lo suyo no parece llevar más que al desastre, las demás opciones no son ya sólo intolerables, sino que empiezan a ser inexistentes.

Miguel Torga, uno de esos autores esenciales al que se lee poco, define la situación de manera perfecta en una entrada de su diario de 1953: “Mi situación humana me recuerda a la del tipo que se adentra nadando en el mar y se aleja tanto de la playa que no puede regresar. Una posición sin retirada posible. (Retirada, por otra parte, que yo no deseo). Lo he llevado todo al extremo. He estirado demasiado la cuerda. Y me estoy hundiendo, a sabiendas de que no puedo recibir ayuda, puesto que yo mismo la he rechazado”.

Hay una diferencia, claro: en el caso de Torga, su situación viene en parte de su origen humilde. “El nacer en la miseria, pero en una miseria de verdad”, dice, “crea en nuestra alma un vacío irremediable. Un vacío hecho de orgullo: el orgullo del pobre, el más duro y tenaz”. En el caso de nuestros artistas emparedados por su propia coherencia “punk”, por llamarla así, normalmente se trata de hombres criados en la clase media, esa que veía hasta hace poco la historia como un progreso local y permanente y que se ha dado de morros con la vida. Es peor así: a los criados en las comodidades, la miseria, que desconocemos, nos aterra, igual que la violencia física intimida al que nunca se ha partido la cara por diversión en el colegio.

En todo caso, venga de donde venga ese orgullo obstinado, la conclusión de Torga, creo, vale para ambos afluentes: “Y sintiendo que me ahogo minuto a minuto sigo cortando las olas adversas con un esfuerzo sin ilusión, aprobado por mi cuerpo y por mi espíritu. Es una especie de altivez de suicida que desdeña tanto a los que son felices en la seguridad de la playa como a la misma voracidad del abismo”.

El arte español de valía está creado en gran parte por esos poéticos –no por poéticos menos trágicos- suicidas. Quienes hablen de ellos dentro de algunas décadas quizá no se paren a pensar en todos los días en que conseguir la sopa fue jodido, en el precio de angustia pagado, o lo verán como un ornato romántico de la misma manera que nosotros leemos sobre las miserias de los artistas de antaño y no las sentimos más que como una excrecencia agradable de su misma literatura.

Sólo se ve la obra, jamás la vida. La compasión no existe ni siquiera en el futuro.

Quizá así esté bien.


jueves, 28 de agosto de 2014

Pánico metafísico de saldo (I) - Abulia y acción



Si no fuera por algunas almas caritativas que se han cruzado conmigo a lo largo del camino, incluyendo familia y amigos cercanos, yo ahora mismo viviría probablemente en la calle, drogándome con los mendigos. Gracias por aguarme la fiesta.

Así que aquí estoy, en cambio, frente a esta bonita mesa de trabajo que no es más que una tabla con dos caballetes y que ya lleva conmigo más años de los que recuerdo, sin saber qué escribir y condenado a la segunda necesidad del hombre: matar el tiempo. Si además el hombre, el pobre, tiene algo de sensible, tendrá que matar ese tiempo con alguna actividad que lo distraiga de lo único cierto, la muerte, entrando así en plena paradoja.

Un coñazo, un lío. Un pánico metafísico de saldo, éste.

Me llevan gentilmente al café del pueblo.

Hay un gato blanco en una ventana.

Hay un gato siamés entre los coches.

Alguien ha quitado los peces muertos del estanque.

Fumo.

Gentilmente me traen de vuelta.

Hasta ahí bien, pero después la cosa se tuerce, porque dicen que todo me chupa un huevo, dicen que I don't give a fuck, pero, para mi desgracia, es mentira. Es sólo un amago, una predisposición, una nostalgia.

A mí me hubiese gustado que fuera verdad, eso es lo cierto: siempre he deseado que mi abulia de fondo, ese relente de vacío profundo hubiese sido completa y total. Ser, poder ser, uno de esos fines de línea plenamente entregados a la causa de la nada, llevando a mis espaldas algunos estudios emborronados, dos o tres trabajos abandonados pronto y una serie de mujeres de locura pacífica que me hubieran devuelto perfectamente aburrido hasta el redil. Un inútil al que la familia cuidase pesadamente y pagase, resignada, los vicios. Porque no hay nada que hacer con él. No hay nada que hacer. Un hombre entregado al cosmos con aficiones excéntricas.

Lo he intentado, pero aguantaba demasiado el alcohol, hacía bien algunos trabajos, tenía un lejano sentido de la responsabilidad que me saboteaba, me ilusionaba con las cosas en el fondo. Lo he rozado, pero no. Tengo demasiada energía y demasiado nervio, aun tras los años de excesos.

Así que me jodo y escribo. Hago lo que sé hacer como un discípulo aplicado, empezando y acabando las tareas, algunas al menos, y escribo poemas que nadie quiere, novelas que nadie lee; escribo en este blog y en aquel, hago collages como un niño grande y dibujo monigotes, piratas, elfos de fuego, planeo bandas nuevas de rock&roll infecto, juego al ajedrez por internet, me pongo trampas para no dispersarme. Sístole y diástole: la mesa se llena de papeles y luego esos papeles remiten y luego vuelta a empezar, y salen cosas.

Con la simple intuición de todo eso hubiera debido bastar, me dice en un susurro el idiota estupefacto que me hubiese gustado ser y que me observa desde el fondo del tiempo sin entender, medio admirado. Mira la tarde, toma otro café, hombre, no ves que todo lo que haces al final no importa.

Tampoco me importa que importe o no, pobre ser interior, deficiente mental, ideal no alcanzado, idiota supremo: ¿Acaso hay algo que importe? ¿Es que no lo sabes tú tan bien?

En algunos sitios, en algunos artículos que escribo, parezco también otra persona que tampoco soy: el hombre optimista y enérgico. O quizá lo soy parcialmente, fallidamente, y el luchador y el abúlico son dos gemelos fallidos que, en mi patio de atrás, pelean por un caramelo eternamente. En alguno de esos artículos, en todo caso, he afirmado que la mejor crítica musical de los últimos años ha sido ejercida en blogs y en libros. Lo reitero, pero no sé si los otros que escriben blogs y libros lo hacen por la misma razón que yo, esta mezcla compleja de pánico, vanidad, costumbre, maldición y huida hacia delante.

No sé si los demás son como yo.

No sé si hay los demás.

A veces pienso que todo lo hago para fingir que el mundo es mejor de lo que es y que yo soy mejor de lo que soy: “Casi un buen tipo detrás de la catarata de bilis”, que dijo ayer un amigo. Que es todo un fingimiento sutil en el que me he envuelto como en una enorme, interminable toalla de baño, y que,  después de muchos años, el hombre que hay detrás ha ido olvidando su nombre y siendo suplantado por otro que el mismo ha creado al girar ciego. El que mira la vida desde el café del pueblo espantando como a moscas a sus dos gemelos, el sano y el enfermo (¿cuál es cuál?) es un yo alejado del que empezó el camino, de eso no hay duda. A veces se miran a través del tiempo y cada vez se reconocen menos. Un día me cruzaré por la calle y me saludaré educadamente tener ni idea de quién soy.

Boa tarde.

¿Me gusta lo que hago? Es una pregunta simple a la que lleva todo este desvarío.

Me permite no ser como los otros, me contesto, como todos esos seres incoloros, esa legión casi translúcida de hombres y mujeres conformes con la ley de las cosas, que acompañan con palmas lo previsto y que llevan los sentimientos y los razonamientos sobre la piel como si los hubieran comprado en IKEA, iguales, sin matiz, heredados en su forma más degradada de veinte siglos de historia que no han servido de un pijo. La patulea de tarados que creen lo que se tercia, follan a la moda de antes de ayer y le sonríen a la muerte sin verla con los piños siempre nuevos del imbécil.

Esa es la parte de la huida. Una huida estática en la que uno construye artefactos curiosos, a veces.

Hace poco empecé a revisar mi blog desde el principio, ese blog “musical”, por llamarle algo, que ha succionado tantas de mis horas muertas. Visto en perspectiva parece una casa amplia aunque hecha al buen tun tun, en la que se apiñan, formando una quinta extraña salones vacíos, cuartuchos repletos, sótanos cegados y barandas que dan a jardines interiores no muy cuidados. La obra es a veces como el diario, y el diario es siempre como la casa que uno tendría si viviese irremediablemente solo.

En esa casa resuena la voz, en el vacío.

Con su buen criterio habitual, decía mi amigo Juan Terranova en una entrevista que le hice hace poco (recojo la idea, no la frase) que el elemento colaborativo del blog, el “comment”, era tan potente que se emancipó y floreció como twitter, dejando a nuestro neo-fanzine como una especie de cubeta de almacenaje a la que hay que mantener en respiración asistida a base de linkarla constantemente a ese mismo twitter, Facebook y otras redes.

Es parte, todo ello, sospecho, de esa cultura de la fragmentación que los arquitectos, nuestra casta más diletante, ya previó hace años; esa visión del mundo que prefiere el esbozo y el lo-fi, aun cuando tenga a mano la opción contraria. Esa falsa democracia, en fin. Ese esbozo acumulativo del que se intentan sacar conclusiones siempre a posteriori, siempre demasiado tarde, pero que, es cierto, mata el tiempo, finge el arte, y no hace daño a nadie.

¿Quién contesta a la voz? ¿Es esa la pregunta?

Escucho a los Jacobites, y ya ha caído la noche.


lunes, 25 de agosto de 2014

Pantano, jungla y chozas. Nacimiento de la mujer.



A veces, leyendo, encuentro ideas tan cercanamente opuestas entre sí que no tengo más remedio que parar un segundo y preguntarme, como ante una guerra civil inminente, de qué lado estoy.

Veamos un ejemplo. Dice Virginia Woolf en Una habitación propia: “Las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural. A falta de ese poder es posible que el mundo siguiera siendo pantano y jungla”.

Bien.

Dice Camille Paglia en Sexual Personae: “Ha sido la sociedad patriarcal la que me ha liberado como mujer. Es el capitalismo el que me ha dado el tiempo para sentarme a esta mesa a escribir este libro. Dejemos de ser mezquinas con los hombres y reconozcamos abiertamente los tesoros que su tendencia obsesiva ha dado a nuestra cultura (…) Si la civilización hubiera quedado en manos de mujeres, seguiríamos viviendo en chozas”.

Se podría argumentar que ambas partes, hombre y mujer, son necesarias para cualquier tipo de progreso. Suena tonto, como suelen sonar en tiempo de guerra las obviedades.

Se podría decir también que, pese a las apariencias, todo sigue siendo pantano, jungla y chozas. Suena pretencioso, aunque en la afirmación haya un relente de verdad.

Se podría decir, incluso, que en realidad ambas afirmaciones no son opuestas. Si aunamos con cuidado las dos sentencias, la frase que surge sería algo así: “sin la tendencia obsesiva del hombre y la unión de esta con la cualidad especular de la mujer, que le permite doblar su alzada, el mundo seguiría sin civilizar”.

En todo caso, sospecho que ante una colisión, tiendo a caer del lado de quien mejor escriba, que en este caso sería la Woolf. Tampoco soy inmune a los prestigios establecidos, y Virginia es una consagrada mientras que Paglia es una polemista a veces demasiado forzada, por mucho que sea yo de los que defienden que la provocación suele ser saludable. 

Paglia se sitúa en realidad en el lado opuesto del espectro al que ocupa Robert Graves y su defensa de un matriarcado pasado y posible; es decir, es la polemista inversa, la polemista que defiende que la visión oficial, ni siquiera enunciada, porque es la que la masa ha usado durante cientos de años, es la correcta. Esto es interesante desde varios puntos de vista: primero, porque explicita ese pensamiento general dominante que en realidad se ha ido desgastando y, sin dejar de ser dominante, nadie o casi nadie se atreve a expresar en público en un entorno cultivado. Segundo, porque quizá ese hacer explícito lo implícito puede hacer que quien comulga sin saberlo con sus ideas tenga que enfrentarse a ellas como tales, en lugar de aceptar una masa de convenciones dadas muy cómoda porque no hace falta pensar en ella. Como incitación al pensamiento de todas las partes implicadas, pues, su efecto es, creo, positivo. O quizá “debería ser positivo”, porque nada mejor que un polemista radical, antañón, reaccionario, violento pero también articulado, para demostrar lo encastrados que solemos estar en nuestras garitas de vigilancia y en nuestros salones vacíos, por progresistas que estos se supongan.

Por desgracia, Paglia no escribe bien.

Leo estos días un ejemplo contrario: La bruja, de Michelet, un libro asombroso tanto por su penetración en la psique colectiva de la edad media como por su modernidad (publicado a mediados del XIX), y asombroso también por la calidad de su prosa, que sobrevive a una traducción catastrófica brillando, preñada y lúcida. Uno de esos libros que por su cualidad híbrida –lejana novela, ensayo iluminado, reflexión político/histórica- lo atraviesan a uno sin atisbo de fingimiento, con cercanía, con una inusual calidez.

También él prefigura la preocupación de la Woolf por “la habitación propia”, y discute con un siglo y pico de antelación la afirmación de Paglia, cuando habla de la mujer del labrador, aislada en la cabaña del claro del bosque, en el siglo XII, en ese momento en el que una economía, aunque precaria, permite ya que la pareja se separe de la hacinada vida comunal de la heredad –trasunto oscuro de la villa romana- y se establezca espartanamente por su cuenta: “El hogar aislado creo a la verdadera familia. El nido creo al pájaro. A partir de aquí ya no existían como cosas, sino como almas. Había nacido la mujer. Fue un momento enternecedor. Ya está en su propio hogar. Por fin, la pobre criatura ya puede ser pura y santa. Puede dedicarse a pensar y, sola, hilando, sueña mientras su marido está en el bosque. Aquella miserable cabaña, húmeda, mal cerrada, en la que sopla el viento de invierno, en revancha, es silenciosa. Posee algunos rincones oscuros donde la mujer va a prolongar sus sueños”.

Prodigioso párrafo que teoriza sobre el nacimiento (renacimiento, deberíamos decir) de la mujer como algo más que mula de carga y sobre la necesidad del silencio y la soledad para la creación. Y la primera creación es la de la individualidad, la de la personalidad, que, en el caso de la mujer que dibuja Michelet, nace precisamente en esas “chozas” de las que también hablaba, en otro sentido, nuestra apreciada Camille.

Llegué hasta Michelet siguiendo un magistral ensayo sobre este mismo libro de Roland Barthes que se puede encontrar en “Ensayos Críticos” (Seix Barral), una colección de textos tan difíciles como fructíferos. No llegué pronto. En lugar de correr a la librería, muy en mi estilo esperé hasta que la marea lo trajo a mí mientras revisaba un cajón de saldos en una tiendecita de segunda mano de Pontevedra. El ejemplar que leo (ediciones Mundilibro) es, como digo, deficiente en la traducción, y es, además, la primera edición no censurada del libro de Michelet. Es decir: pasaron 115 años (de 1862 a 1977) desde su publicación en francés hasta que el lector en castellano tuvo por primera vez el libro más o menos íntegro en sus manos.

No es nada nuevo.

Hablaré más de todo esto, quizá.